Sinopsis

¿Qué ha sucedido entre Aracne, la refinada hija de la Viuda de Armeló, y Adrien, el encargado de protegerla? Quizás Aracne no le echó un ojo como debía a su sirviente. Quizás Adrien no tuvo mucha mano al tratar con esa chica caprichosa. Pero aunque se detestan, parece que por fin se han puesto de acuerdo en algo: matar al otro.



Aracnefobia forma parte de Proyecto Válidas, una iniciativa para mostrar protagonistas con incapacidades. Aracne y Adrien reflejan en este patchwork narrativo cómo el protagonista de una historia puede ser el villano de otra.

Fragmento

La diligencia se bamboleaba demasiado para gusto de Aracne. Con cada curva acababa despedida hacia un lado u otro, golpeándose contra el hombro de su sirviente o contra la pared de madera. Uno era demasiado anguloso y la otra, demasiado áspera. Cuando el carruaje no giraba, traqueteaba entre brincos cada vez que sus ruedas tropezaban con algún obstáculo. Ella intentaba mantenerse firme como una escultura. Era tal su inmovilidad que a ratos parecía una muñeca entre los pasajeros. Y lo cierto es que había algo en ella, más allá de su vestido de lazos y volantes o la delicadeza con la que unas trenzas le bordeaban el rostro, que le hacía parecer más un ser de porcelana y cristal que uno de carne y hueso. Quizás fuese por su piel tan clara, como si llevase tiempo sin ver la luz del sol, o el vacío de sus ojos: grises como las últimas cenizas. O puede que fuese ella misma la que se consideraba una muñeca. Solo sus dedos se movían, a ratos para tamborilear sobre su falda con impaciencia, a ratos para juguetear con el sello de su bastón.



―¿Qué tal las vistas? ―le preguntó Adrien.



Su tono era monótono, tan vacío de emoción como siempre. Más que hablar, susurraba entre dientes oraciones concisas y las palabras mínimas para dar a entender lo que quería decir.



No hubo interés en su pregunta y ella lo sabía. Pero el sirviente había notado su aburrimiento y le estaba ofreciendo la oportunidad de desahogarse. La joven se pasó la lengua por los labios y se concentró en su respuesta. A fin de cuentas, era ella la que estaba al lado de la ventana.



―Impertérritas a ratos, desaconsejadas si las miras boca abajo. ―Tardó en decidir sus palabras. Con cuidado, pensó una ocurrencia absurda que tampoco llegase a ser muy disparatada―. No te pierdes nada particular, salvo uno o dos avestruces ocasionales.



Adrien también se tomó su tiempo en hacerle otra pregunta, no mucho, pues ella la esperaba con ansia, pero sí lo suficiente como para frustrarla ante la perspectiva de más horas en silencio. Pero al final siguió con el juego y enlazó su respuesta con otro comentario. Era la primera vez que hablaban en lo que llevaban de viaje. Había sucedido cuando por fin era evidente lo extremadamente aburrida que estaba Aracne. Le había costado reconocerlo. De normal no tenía problemas en evidenciar lo que sentía; es más, tenía un talento inusual para mostrar su estado de ánimo, sobre todo si estaba enfurruñada, asqueada, molesta o con ganas de molestar. Pero esa vez la joven se estaba guardando para sí misma lo que opinaba del trayecto. Entre otras razones, porque era su capricho. Era ella quien llevaba más tiempo del que recordaba pidiendo ese viaje a Minagua. Demandándolo. Exigiéndolo. Se había obcecado en pasear por esa ciudad, hacer compras y merendar en una gran pastelería. No se le ocurrió pensar que estaría tan lejos ni que el viaje sería interminable. Por enésima vez, la joven cambió de postura. Chasqueó los dientes mientras ampliaba la lista: interminable, incómodo y agotador.



Intercambiar preguntas y respuestas, muchas de ellas sin relación, aliviaba parte de ese aburrimiento.

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