Sinopsis

A los tres años, Carlota recibió un don gracias a Espiral, su hada: la capacidad de volar. Nada le hacía más feliz que subir al árbol más alto del Retiro y surcar las nubes como un ave.

Pero con la adolescencia llegan las malas noticias: un cáncer amenaza su vida. Y la quimioterapia le arrebata la magia y sus ganas de vivir. Así que Carlota se embarcará en una aventura por diferentes ciudades de España para recuperar su don y descubrir quién es en realidad.


Cuando recupere la esperanza es un reflejo de la lucha interior que viven los pacientes de cáncer para recuperar su identidad tras la enfermedad. Y, sobre todo, un canto a la esperanza.

Fragmento

Construimos nuestros recuerdos en base a lo que nos cuentan y los adornamos con detalles que pone la imaginación. Este es uno de mis favoritos:

Aquel miércoles cumplía tres años y mi madre preparó la tarta de chocolate y galleta que ya me ha acompañado en dieciocho cumpleaños.

Por la tarde salimos a comprar mi regalo juntas. Siempre hemos estado las dos solas, completas, y aquellas tardes que pasábamos juntas en Madrid tampoco echábamos en falta a nadie más.

Fuimos hasta el centro y entré por la puerta pequeña en la tienda de juguetes. No recordamos qué regalo escogí. Más tarde compramos un helado y paseamos por esas calles que me han visto crecer, estrenar zapatos y correr para refugiarme de la lluvia. Dudo que algún día dejen de gustarme. Al pasar sobre una rejilla de ventilación del metro, una corriente deshizo el lazo rojo anudado a mi pelo y me levantó la camiseta.

Aquella noche ocurrió por primera vez. Tuvo lugar cuando llegamos a casa, yo con el pelo revuelto y los brazos casi dormidos de abrazar el cuello de mi madre. Me llevó hasta mi habitación, encendió la luz de la mesita de noche y me desvistió mientras se me cerraban los ojos. Más tarde, mientras ella veía una película en el sofá, yo me desperté, bajé de la cama… y me despegué del suelo.

Fue sencillo; el suelo tan solo dejó de estar en contacto con mis plantas descalzas y mi cabeza casi rozaba el techo con pegatinas de estrellas fluorescentes. Espiral todavía habla de la sonrisa que tenía en aquel momento. La conocí entonces, con sus rizos rojos y sus ojos dorados, más brillante que las estrellas y tan grande como la palma de la mano de mi madre.

Me tambaleé por el pasillo, como si mis pies ya no quisieran recordar cómo pisar firme y fueran a despegarse de un momento a otro del parqué. Entré en el salón seguida del hada, que revoloteaba junto a mí, me acariciaba el pelo y rozaba mi nariz con la suya.

Mi madre me ha contado muchas veces lo que sintió al verme aparecer seguida de aquel destello, cómo la sorpresa inicial fue sustituida por la emoción cuando volé hasta su regazo. Me abrazó con los ojos llenos de lágrimas mientras daba las gracias a Espiral por elegirme y concederme un don.

A partir de entonces comencé a darme cuenta de los destellos por la calle y, aunque nunca podía verlas con la misma nitidez que a la mía, sabía que eran las hadas de esos niños con los que me cruzaba.


Conforme crecía, me enseñó a controlar mi don. Aprendí a levantar pequeños objetos, a elevarme cada vez más. Podría definirse como una capacidad para manipular las presiones y las corrientes de aire que me rodean. A mí eso no me importa. No tiene sustento científico, ni tampoco sigue una lógica que yo tenga un poder, que también lo tenga mi vecino o algunos amigos del barrio y otros no. Es decisión de las hadas, y nadie las comprende.

Rompí algún que otro vaso y lancé más de un par de calcetines por la ventana, me di bastantes golpes en la cabeza contra el techo y mis tobillos se torcían a veces al aterrizar. Poco a poco conseguí recurrir a mi poder como quien mueve los dedos de una mano, sin pararse a pensar.

Por supuesto, Espiral no estaba conmigo todo el tiempo; aunque no faltaba a los momentos clave de mi infancia, como cuando acabé la educación infantil o en la aparición de mi primer diente definitivo.

Cuando cumplí siete años, como es tradición entre las hadas, acordamos una señal para que acudiera junto a mí, continuara mi formación y me ayudara en lo que necesitase. Mi madre propuso el momento de desatarme el lazo del pelo, al volver a casa después de colegio, y esa la mantuvimos hasta que dejé de ponérmelo a los nueve años. Se sucedieron varias claves más, hasta que a los once años comencé a quedarme un rato por las noches a leer y Espiral acudía cuando sonaba la campanita del microondas al calentar mi taza de cacao. Leíamos un rato juntas. Ella, sentada en mi hombro, me preguntaba por mi día, me aconsejaba en mis dudas y me consolaba si la tristeza me impedía ver más allá de aquel día. Ella no me contaba gran cosa sobre las horas que no pasaba conmigo, así que yo no insistía. Venía, estaba conmigo y eso era suficiente. Si en algún momento de urgencia la necesitaba, su destello aparecía como si nunca se hubiera ido de mi lado.

Así como Espiral no avisó de su llegada, tampoco lo hizo el cáncer.

Con tan solo catorce años entré en un bucle de dolores, cansancio, pastillas y sesiones de quimioterapia. Sin embargo, eso no fue lo peor. Durante la tercera sesión de quimioterapia, algo cambió dentro de mí y me cortó la posibilidad de usar mi don. Con ello, también se fueron mis ganas de volar.

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