Sinopsis

Esta antología de ciencia ficción, fantasía y terror gira en torno a la palabra «fernweh», que en alemán significa «dolor por lo lejano». Esta expresión representa la nostalgia por querer descubrir el mundo, por salir de nuestra zona de confort. Y es esa exploración del universo la que queremos transmitir con los doce relatos seleccionados.

En Fernweh: rumbo a lo desconocido viajaremos a La Palma, el Cantábrico y varios pueblos de la sierra; a versiones posapocalípticas de la Tierra, ya sea por un invierno nuclear o por su desertización, y conoceremos otros planetas, algunos helados y hostiles y otros en los que cada gota de agua será la diferencia entre vivir y morir. 

Prólogo y epílogo de Javier Miró.

Fragmento

Uadi

Desde que tenía memoria su mundo siempre había sido del color de la tierra seca. Las ropas que vestían, la escasa piel que quedaba a la vista, las pocas plantas, recias y espinosas… incluso el cielo era de un matiz arenoso a causa de las nubes de polvo. El anciano Ha’dif, guardián del pozo, les hablaba en sus cuentos de cielos azules, pero Aramni no era capaz de imaginarlo. Colores. Aquel era un concepto ajeno a Uadi, igual que la lluvia y los ríos.

Aramni, como todos los muchachos de su edad, había explorado a conciencia las colinas alrededor de Uadi, inspeccionando cada recoveco, excavando en busca de tierra oscura, húmeda y fresca.

—Solo son cuentos de viejos, Ari —repetía su madre como una letanía cada vez que regresaba a casa cubierto de polvo.

«Agua que cae del cielo y brota del suelo». Historias imposibles.

Se preguntaba cómo sería la sensación. Mojarse. La exigua ración de agua que recibían apenas llegaba para humedecer los labios, sorbito a sorbito, para que durase todo el día. No había nada tan aterrador como llevarse la mano a la cantimplora y sentirla vacía. Ni los escorpiones de la arena, ni el aleteo de un kidraan ni los torbellinos de djinn; nada se le podía comparar. 

—Excepto la ira de sahir Ilhuna —decía siempre Ha’dif con una sonrisa misteriosa bajo su espesa barba.

Los adultos sacudían la cabeza, desdeñosos. Ha’dif era demasiado viejo, tanto que había perdido casi todo su cabello y algunos de sus dientes, y ya no distinguía entre los cuentos que se inventaba y la realidad. Pero Aramni nunca se cansaba de escucharlo.

—¿Qué es un sahir Ilhuna? —preguntó un día que logró quedarse a solas con el hombre.

El anciano dejó escapar una risa áspera.

—Mi pequeño Ari, ¿te he hablado alguna vez de Wahat Kabira? —El chico negó con la cabeza, los ojos muy abiertos—. La ciudad de Wahat Kabira se encontraba en el corazón de la Gran Planicie, al este, donde anidan los kidraan. —Ha’dif cogió una ramita y dibujó en el suelo, bajo la atenta mirada de Aramni—. La ciudad estaba construida con piedra; los edificios más pequeños eran grandes como cuatro tiendas juntas, y para protegerse alzaron murallas a su alrededor. —Hizo un gesto amplio sobre su dibujo—. Era un lugar hermoso, lleno de vida y vegetación, y sobrevivían gracias a sus hechiceros, los sahir.

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Más información

Climas polares

Blanco - Laura Alonso Ameyugo 

Proyecto Leviatán - María Elena Carpio

La nana de las brujas - Sara Mascaraque


Climas templados

Los hijos de la laurisilva - Lucybell Haner

El viento y la lluvia cantan tu nombre - Iván Mayayo Martínez


Climas cálidos

Buen presagio - Raquel Arbeteta García

Sed de esperanza - Alfred Almasy

En busca del paraíso - Cristina Ogando

Hijas del infierno - Marina Tena Tena

Ersatzteil - Rafael Díaz Gaztelu

Los sueños no tienen título - Rubén Rodríguez Rísquez

Uadi - Leticia Goimil García


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