Me pesan los párpados. El sol que entra por la ventana me calienta, pero no termina de activarme. Estoy tan a gusto en esta cama impregnada de su aroma, que mi cuerpo se resiste a despertarse del todo. El tic-tac del reloj de la pared del dormitorio acompasa mis pensamientos mientras me voy desprendiendo lentamente del abrazo de Morfeo. Y entonces lo noto. Tengo algo en la mano. Abro el puño al tiempo que los ojos y me incorporo para ver de qué se trata. Es una llave. No la había visto nunca. Será cosa de Maya, le encantan este tipo de juegos. En cuanto baje a desayunar me dirá qué es lo que abre.

—¡Ja, ja, ja…! —Su risa es música para mis oídos. ¡Dios, como la quiero!

Me pongo el batín y salgo de la habitación. Al echar la vista atrás contemplo las sábanas turquesa que han sido testigos mudos de nuestra pasión anoche.

El frufrú de la tela de la bata acompaña mis pasos mientras bajo por las escaleras. Al entrar en la cocina oigo el borboteo del agua y mi mirada se posa en las tazas que hay sobre la mesa. Ella está de espaldas a mí ojeando el móvil. La abrazo y beso su cuello. Su olor impregna mis fosas nasales. Nunca una fragancia me había llegado tan adentro. La vida es perfecta desde que decidimos recorrer juntos el camino.

—Por fin, dormilón. Después soy yo la que remolonea por las mañanas.

Deja el teléfono sobre la encimera y se vuelve para abrazarme. Su cálido y tierno beso me transporta a lo más profundo de su ser. Nada sería igual sin ella.

—Y ahora es cuando me explicas qué es lo que abre esto. —Balanceo el objeto de metal ante sus ojos.

Ella se encoge de hombros y me regala una pícara sonrisa.

—¿Se trata de un nuevo juego?

—Esperaba que tú me lo dijeras. ¿No la has puesto en mi mano mientras dormía?

—¿A qué te refieres? —En ese momento me doy cuenta de que ella no ve la llave. El Hecho me perturba sobremanera.

Me giro y empiezo a mirar a mi alrededor. De pronto la realidad se me antoja frágil y quebradiza. Y entonces me fijo en la caja que acaba de aparecer sobre la mesa de la cocina, junto a las tazas.

—¿Tampoco ves la caja? —le pregunto mientras señalo el extraño cofre.

—¿Qué caja? Me estás empezando a asustar. Nunca había visto esa mirada en tus ojos. ¡¿Qué ocurre?!

La abro y hallo una nota en su interior:

«Hermano, todo el mundo te extraña. Solo tú puedes desconectar la realidad virtual en la que estás inmerso desde hace meses. Pero tienes que querer hacerlo. Ya va siendo hora de dejarla ir, por mucho que la quieras. Vuelve con tu familia, por favor.»

—¡¿Qué hay en la caja?! —Mi mirada le delata muchas cosas. Su IA percibe que algo no va bien.

—Nada.


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