La mujer llevaba un hacha en la mano. Estaba plantada en mitad del claro del bosque. Aguantó como pudo, sin que se notase como le habían flaqueado las piernas con el temblor.

Simufar el Astuto había sobrevolado el descampado como una ballena nada en el océano, dejándose caer luego desde unos cuantos metros. El suelo se había sacudido con el impacto de la inmensa mole de su cuerpo. Escarlata, cuernos negros, dientes marfileños, ojos como cuentas de perla negra. Le divertía ver la consternación que aturdía a los brillantes caballeros, cabalgando corceles blancos y vistiendo armaduras pulidas, al verse agitados.

Era muy viejo, había conocido a cientos de aventureros, por ello sabía que todos estaban aterrados ¿cómo no estarlo? El trémulo abrazo de su golpe solía recordarles que por dentro temblaban también. Sin embargo, un puñado eran tan valientes, tan sujetos a la férrea disciplina de la espada y el código caballeresco, que podían controlar sus más primitivos instintos y permanecer en su montaña sin huir. A esos llamaban héroes.

El dragón se tumbó en el suelo plácidamente, haciendo descansar su pesada cabeza sobre las patas delanteras, manteniendo, eso si, un ojo sobre la pintoresca heroína.

—¿Y ahora qué? —la voz del monstruo era gutural, profunda, como la voz que pudiese tener una sima insondable o un volcán.

Su rival permanecía  en silencio. Simufar prosiguió:

—Un noble caballero de Lorre, se lo hizo todo encima al verme. Parecía una gárgola de piedra echando por las perneras de su armadura chorros de agua ponzoñosa. Aún me río. ¿Nada? ¿Sigues muda?

La guerrera, repentinamente, lanzó un alarido y partió directa hacia él levantando amenazadoramente el hacha sobre su cabeza. Por un momento, Simufar alzó su parpado escamoso apenas el largo de una pestaña, lo cual en un dragón venerable indica gran sorpresa. Barajó varias opciones, entre ellas, incinerarla. Alzó un ala y la batió con tal fuerza en dirección a la muchacha, que el vendaval la hizo rodar una veintena de metros. 

Tras esto, el dragón volvió a quedarse letárgico sobre el césped. Olfateó unas violetas que crecían cerca y espero pacientemente a que su adversario se levantase del suelo. Aquello le llevó un buen rato. Estaba desorientada debido a las volteretas que el viento le había obligado a dar. Se balanceó de un lado a otro, hasta que recuperó el equilibrio, asiendo el arma con fuerza.

El monstruo endulzó su voz todo lo que una voz como la suya podía dulcificarse. Seguía siendo más parecida a una tormenta que al sonido de una garganta humana. Suplicó:

—Al menos dime tu nombre. Así te recordaré. ¿No quieres ser recordada? El suelo de este bosque es fértil gracias a los héroes como tú: Fermi, el de la Espada Sonriente, Horha la Dama de los Ojos Tristes, Rowana la Amazona invencible... Ni que decir tiene que no era invencible —comenzó a divagar—. Nunca entendí lo de la espada sonriente... He pensado mucho sobre Horha, sí que tenía los ojos caídos. ¿No crees que es poético? "La de los Ojos Tristes" suena mejor que "la de los Ojos Caídos". Seguro que se han escrito cantares sobre ella en el pueblucho del que saliese...

Al fin la muchacha gritó:

—¡¡¡Calla!!! ¡Asesino de valientes!

El dragón continúo un rato su reflexión, distraído, hasta que se percató de que le había hablado:

—¿De dónde has sacado el hacha? La última vez que nos encontramos perdiste tu lanza ¿verdad? —Se rio divertido— Cuando saliste disparada de tu caballito negro y caíste al charco —soltó una gran carcajada que sonó como si la montaña se hubiese derrumbado—. Pobre animal... Siento que se descalabrase.

—Sádica crueldad viniendo del que lo mató. ¡La encontré de un montón de ceniza! Estaba junto a muchas otras calcinadas cerca de un desfiladero... ¡Asesino! Es un honor para mí empuñar el arma de un héroe al que mataste traicioneramente.

—Llevo quinientos años sin moverme de aquí... ¿No sería más bien él el traicionero?...

—¡Silencio! ¡No manches su memoria poniendo su recuerdo en tu boca!

—Uhmmm.... Pues sabía su nombre... Lo repetía una y otra vez con cada amenaza de muerte. Capitaneaba un grupo de jinetes arqueros. Era muy bruto. No creo que supiese quien la forjó, ni lo qué tenía en realidad entre manos. Seguramente la obtuvo en un saqueo, y su anterior dueño, seguramente también. Traté de hablar con ellos, de explicárselo. No le interesaba la historia del hacha. Carecía de curiosidad.

—Tus palabras malignas no me importan.

Simufar pareció recordar repentinamente:

—¡Korr Masfuerte! Se llamaba así. Un bárbaro de las llanuras de Kabb, parece ser.

Ella respondió sorprendida:

—¡Ah! Un salvaje honorable, entonces. Tu mal despierta los mejores instintos en los humanos.

El dragón carraspeó:

—Creo que en realidad venía por el oro. Pero no tengo oro. ¿Vienes acaso tú por el oro? Lo advierto siempre, aunque no me creen. Odio atesorar esas cosas.

—¡No busco riqueza! ¡Estoy aquí por el honor!

—Vaya. Eso siempre lo complica todo. Supongo que no tienes precio.

—¡¡Desde luego!!

—¿No te has preguntado por qué no ardió también el hacha cómo las otras armas?

—¡¡¡No me importa!!! ¡Te degollaré con ella! ¡Con eso me basta! Por Korr y por todos los demás.

El dragón resopló entristecido. Sonó casi como si rogase:

—Es una historia muy interesante; sobre las forjas de los hombres reptil de Namiria...

—No sé de qué hablas. Presenta batalla y déjate de cháchara.

—En realidad eran humanos, no tenían nada de lagartos. Se llamaban así por su piel escamosa. El uso de las fraguas y sus aditivos secretos para el metal resecaba y cuarteaba su piel...

—¡¡No me importa!!

La bestia resopló y una voluta de humo negro salió disparada de sus fosas nasales formando el signo de infinito:

—Fue hace tres mil años, seguramente no sepáis nada de ellos, puede que algún erudito, pero ellos no vienen a matar dragones a mi montaña. No me resultaban simpáticos estos lagartos, pero me duele que nadie les recuerde... ¡Soy tan viejo! ¿Quieres que te cuente como los exterminó Portaline el Rey Cansado? ¿Sabes quién fue? Es de la dinastía de Talhir...

—No.

—¿No quieres saber por qué los exterminó? Es una historia de lo más interesante.

—¡¡¡¡NO!!!!

Prácticamente susurrando añadió la gran bestia:

—¿Sabes que el hacha está imbuida con el espíritu de un rinoceronte?

La heroína se volvió a lanzar sobre él al grito de "¡Muere!", pero Simufar, accionó sus poderosas patas como un resorte, yendo a parar a una treintena de metros de la mujer, que solo pudo lanzar un golpe al aire, perdiendo el equilibrio de nuevo, aunque sin llegar a caer al suelo.

Simufar suspiró. Pareció visualizar en el fondo de su mente lo que relataba:

—Los namirianos tenían establos llenos de animales fantásticos. Los sacrificaban con sus armas al rojo, y el alma de la bestia quedaba cautiva en su interior. Un día se les ocurrió que atrapar un dragón sería un gran negocio... —Simufar se carcajeó suavemente con el recuerdo— Era joven, tenía dos mil años... ¡Es una aventura que te encantaría!

La mujer corrió de nuevo, pero esta vez, antes de poder tocarlo, arrojó el hacha con todas sus fuerzas. Esto tomó por sorpresa a Simufar que notó como el metal mágico hería su carne. Instintivamente, lanzó un chorro de fuego sobre la heroína, bañando su rostro sonriente por la satisfacción del golpe de llamaradas atroces. En cuanto el dragón recobró el control de su cuerpo se detuvo, pero ya era demasiado tarde. La heroína se había transformado en una sombra de cenizas que se perdió en el aire.

El monstruo arrancó el hacha y lamió la pequeña herida. Recordó miles de años de batallas, de guerras y victorias. Recordó el fuego brillando en la noche, los torreones de las fortalezas humanas ardiendo y los ejércitos palpitando en llamas. Pensó en su madre, atravesada por una balista en Montaña Negra, en el hallazgo del cuerpo de su padre sobre un prado, envenenado con vacas alimentadas con fento y a cada uno de sus amados hermanos caídos a lo largo de tres mil años de escaramuzas y gloriosas victorias. ¡Tantos dragones que ya no estaban! ¡Tantas cosas que había visto y sufrido! 

Resopló aburrido. ¡Cómo le gustaría tener a quién contar sus recuerdos! Quién sabe cuántos siglos habría de esperar a la llegada del siguiente héroe, o tal vez al fin lo olvidasen también. Soltó un lamento. Apoyó su cabeza hastiada sobre sus patas y comenzó a dormitar.

Ni siquiera le había dicho cómo se llamaba. Pobre heroína, pensó, ¿cómo la podría recordar sin saber su nombre?





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