La mujer llevaba un hacha en la mano, pues iba a cortar leña. Hasta el año pasado se encargaba su marido, pero un incidente en las minas le impedían sujetar cualquier arma pesada. O ligera. No podía sujetar nada, en realidad. Digamos que no podía ofrecer ninguna mano cuando mendigaba cerca de la catedral, que recogía las limosnas con un sombrero y que, al final de su jornada, se lo ponía en la cabeza con uno de los pies. «Maldita Era de la Magia». Todo era más sencillo antes, o eso decían sus abuelos. No siempre habían existido los hechizos, ni los dragones, ni los ogros, ni los elfos, ni los enanos (¿cómo podían distinguir enanos de los elfos, por cierto?), ni (por supuesto) el Consejo mágico. «Maldito sea todo». El frío viento del este soplaba sin muchos miramientos y la improvisada leñadora se ajustó la capa que la protegía. «El invierno está llegando» gruñó entre dientes.

El reino de Álmonor podría considerarse reciente si se le comparaba con sus vecinos Sílgover, Lónstidar y Grisísfulder, pero nadie en la Cuatricorona dudaría que era el más próspero. Que un joven descubriera el preciado mineral maraviflomio fue lo más afortunado que le pudo pasar a aquella, por entonces, pequeña aldea. Todos coincidieron en ello. Que dejaran ponerle el nombre al mismo muchacho que lo encontró fue una mala idea. Todos coincidieron en ello. El chico creció y se convirtió en alcalde de una recién inaugurada ciudad. La pujanza del lugar atrajo la curiosidad de mercaderes, peregrinos y agentes inmobiliarios. Cuando se descubrió que este nuevo elemento amplificaba los poderes mágicos la ciudad pasó a ser capital de la hechicería y reino de la antigua Tricorona, a la que tuvieron que cambiar el nombre por aceptar a un nuevo miembro. Eso significó rellenar un montón de papeles, cambiar los sellos con los que lacraban las cartas y modificar bordados de las túnicas ceremoniales. Comenzaba una nueva era, la Era de la Magia. El mozo pasó de alcalde a rey, se casó ocho veces y tuvo una hija. Las esposas tuvieron la mala suerte de cortase la cabeza con una guillotina o de beber infusiones envenenadas. La hija salió al padre: resistente, pero sin ser una lumbrera. Decidieron meterla a maga. Se trataba de un colectivo desagradecido con las mujeres, puesto que cobraban un 20% menos que sus colegas varones. Claro que, a la princesa de un reino, eso le daba lo mismo.

¿Qué tal si vamos con nuestro protagonista? El tercer párrafo es tan buen momento como cualquier otro para presentarlo. Se trata de un dragón adolescente y está en una época muy mala. Todos aquellos que tienen hijos dragones adolescentes saben que es la peor edad. Se creen que lo saben todo y no saben nada. O peor: no tienen ni idea de lo que quieren y lo quieren ya.

En nuestro caso, Bobby (es un nombre raro para un dragón) pensaba que estaba enamorado. Él diría que, en realidad, lo sabía. Que tenía certeza absoluta. No era el único. Su enamorada pensaba lo mismo que él. La madre de nuestro actor principal intentaba que ninguna lagarta se acercara a su chiquitín de apenas cinco metros, pero nunca intuyó que su hijo pudiera sentir por la heredera al trono algo más que ganas de comérsela de un bocado

El maraviflomio no es solo una piedra de color gris brillante, tremendamente dura y con la propiedad de amplificar la magia. Si se funde se le puede dar forma y múltiples usos, e incluso se puede escribir con él. Por eso los libros escritos con tinta de este material se guardan bajo siete llaves (literalmente). Por eso solo unas pocas personas en todo Álmonor pueden acceder a ellos (y siempre bajo supervisión del Consejo). Porque cualquier idiota que supiera leer podría desatar un poder incomprensible sobre la Cuatricorona.

Bobby trabajaba en las minas. Fue su padre quién le metió allí. Solo tenia que sentarse en una piedra y soplar por un tubo. Su fuego se unía al de otros dragones que estaban sentados en otras piedras y soplaban por otros tubos. Los enanos hacían el resto: abrían y cerraban llaves y compuertas para que ese calor llegase donde debía. Era una labor sencilla, y se ganaba suficiente oro como para hacerte una cama en la cueva que fuera (porque los dragones viven en cuevas, al menos la mayoría) y dormir sobre él. Solo tenía que soplar. No tenía que mirar hacia el puente principal cuando la princesa Claudita visitó las obras de las nuevas galerías. Enseguida supieron que estaban destinados el uno al otro. Fue amor a primera vista, como tantas veces sucede en este tipo de historias. Y como tantas veces sucede en este tipo de historias, las familias de ambos no estarían de acuerdo en una unión de este tipo. Habría muertes, guerras y una caída del turismo en Álmonor. La pareja supo verlo a tiempo y decidió vivir su amor a escondidas.

Por mucho que seas de la realeza no es fácil ocultar a un amante de cinco metros. Las damas de compañía se extrañaban de que Claudita solo quisiera visitar lejanas cuevas en los limites del reino. Afirmaban que los sonidos que salían de aquellos lugares eran inhumanos, y no iban del todo desencaminadas. Antes de levantar más sospechas Bobby urdió un plan: secuestraría a su amada cuando pasease por el patio del castillo. De manera casual, ella portaría uno de los libros de hechizos escritos con maraviflomio. Una vez alejados de los dominios de su futuro suegro, pediría a su novia que le convirtiera en un príncipe. Se casarían y él pasaría a formar parte de la familia real. Ya serían tres. ¿Qué podría salir mal?

Lo más complicado fue conseguir el libro sin que un sujetavelas mágico se pegara a su alteza, pero la influencia que pueda tener la persona que firme las sentencias a muerte en los próximos años no es desdeñable en absoluto. Bobby llevaba unos minutos sobrevolando en círculos la fortaleza cuando la vio. Bastó un vuelo en picado para cumplir con su parte. Ella se subió a él de la misma manera que habían practicado otras veces. Y si no fue de la misma manera, sí de una muy parecida.

La muchacha llevaba con el libro abierto un buen rato. Había estudiado magia, sí, pero aún no estaba segura de si las vocales que tenía delante había de pronunciarlas con un sonido fricativo dental sordo o si tenía que hacerlo como siempre. El dragón sabía algo de élfico. Qué demonios. Vivir así su pasión era incómodo y poco práctico, así que decidieron que leerían el conjuro a la vez. Unas chispas plateadas salieron de las manos de la chica, pasó un dedo sobre cada una de las palabras y Bobby leía por donde ella marcaba. La tierra temblaba, unos extraños símbolos se dibujaron sobre ellos y el aire comenzó a oler a fuego. El libro zumbó, unas cuantas páginas salieron ardiendo y entre tanto humo dejaron de verse. Se podía respirar el cambio.

Bobby seguía siendo un dragón adolescente de cinco metros. La princesa ya no tenía la apariencia de una joven rubia y con tirabuzones, sino de una dragona que habría encantado a la madre de su novio. No había salido como habían pensado, sin embargo eran perfectos el uno para el otro.

—Esto ya no es lo mismo —reconoció extrañado el dragón.

—Estoy de acuerdo. No me pareces tan atractivo como antes.

—Qué raro. —Exploró el aspecto de su compañera—. Ahora que nuestros genitales son perfectamente compatibles esperaba… Otra cosa.

—Qué decepción. —Claudita exhaló algo de fuego—. ¿Es esto lo que nos tenía preparado el destino?

—Tal vez tengamos que forjarnos nuestro propio destino. —Bobby abrió mucho los ojos, como si acabara de tener una revelación.

—Me gusta cómo suena. —Pasó la lengua por las escamas de su hocico—. ¿A qué te refieres?

En menos de siete lunas Bobby y Claudita conquistaron Álmonor, Sílgover, Lónstidar, Grisísfulder y algún reino más que no era esdrújulo, pero que tenía unas cuevas espaciosas y de techos altos. Fue sencillo reclutar para su causa a todos aquellos dragones que trabajaban en las minas. No sumaban muchos para hacer frente a cuatro ejércitos, pero el maraviflomio amplificaba la magia y un dragón es, prácticamente, brujería andante.

Arrasaron a todos los que se opusieron a sus planes de conquista, y dio igual que fueran humanos, ogros, elfos o enanos (al fin y al cabo no sabían distinguirlos). Fundaron la Heptacorona. Lo que hacían estaba prohibido, y les encantaba. A lo que se dedicaban entrañaba peligro, y no querían más. Temían que pudiera acabar mañana. Volvieron a enamorarse.

Aquel invierno dejó paso al siguiente, y aquel a otro más. Y la mujer llevaba un hacha en la mano, pues iba a cortar leña. «Maldita Era del Dragón» farfulló.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Raquel Valle @ValleS fa 4 mesos

    Enhorabuena @Risquez por la merecida victoria en la prueba final :) Tuve la suerte de que me tocara comentarlo y pude disfrutarlo antes que nadie. Como siempre, me quedo asombrada por tu capacidad de combinar el humor con la crítica social. Dragones, magia,..¿qué importa? Al final son los mismos los que tienen que bregar con el frío y buscarse la vida. Gracias por tus textos y tu talento, y mucha suerte con la nueva novelette.

  • Rísquez @Risquez fa 4 mesos

    Muchas gracias, @ValleS, pero es a ti a quien hay que felicitar. Enhorabuena por tu victoria en Inventízate III: Lo podría haber hecho hace meses, cuando no cedías y vi que era imposible pillarte. Podría haber sido el mes pasado, cuando matemáticamente lo tenías en el bolsillo... Pero ahora ya no hay excusa: has sido la mejor :)


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