La lluvia cae sobre mí con toda su cólera. Sé que es una lluvia tóxica y maligna porque soy la leona más vieja del zoo de la gran ciudad, hoy en ruinas, y los animales albergamos una antigua sabiduría que los humanos siempre han elegido ignorar. Sé que los humanos han destruido la Tierra para dejarla inservible. Sé que han optado por salvarse ellos mismos, viajando a algún refugio más allá del cielo, un cielo que no tiene piedad al descargar sus tóxicos residuos sobre mí. Podría buscar refugio del aguacero en mi cueva habitual o en alguno de los innumerables edificios que la humanindad ha elegido abandonar, pero estoy aquí parada por una razón importante: llos leones sabemos algo sobre la teatralidad y el significado de los símbolos. Este momento es un símbolo final, un glifo incomprensible y triste que no olvidaremos. Este momento es la traición máxima de una especie hacia miles de otras especies y como reina que soy (pues soy una leona) debo presenciar este momento, debo embargarme de su luz y de su desgracia porque es mi responsabilidad.

La nave despega desde un túnel que parece surgir del mismo suelo, seguida de un terrible trueno que parece no tener fin. Es alargada y luminosa. Ciega mis ojos nocturnos adecuados a la caza y al acecho. La intensa luz que desprende el vehículo esplaza las sombras de mi alrededor como un reloj cósmico estropeado. Sus cientos de pequeñas ventanitas son como estrellas fulgurantes, pero sé que en su interior se albergan sombras, y que esas sombras son humanos que huyen. El monstruo de acero comienza su vuelo y a su paso expele una columna de humo fétido. Se alza en la noche lluviosa, empapándose de aire y agua, rumbo a las estrellas veladas por el ácido. Las toberas rancias escupen fuego furioso que hace las veces de fanfarria final para un mundo que agoniza. La contradicción del fuego y el agua se me antoja desagradable y enseño mis colmillos a la rugiente bestia metálica. 

El trueno infernal se atenúa. La geometría de la gigantesca ave de metal se vuelve simple a medida que se aleja hacia las nubes tóxicas, próxima a desaparecer para siempre. Rujo entonces, como un último adiós cargado de desprecio hacia esos perezosos simios que han destruido mi hogar y no han sabido repararlo. La nave finalmente desaparece entre los temibles vapores que me sobrevuelan y que lloran jugos nocivos sobre mi reino. Mi reino, un campo baldío carcomido por la polución pero ahora libre de humanos, pues la nave que acabo de ver se lleva a los que quedaban. Deben estar ahora volando por el vacío, confusos pero aliviados, olvidando la tragedia que dejan aquí.

Son los últimos humanos, yo soy la última leona.
Ellos nos traicionan. Nos abandonan. 

Regreso a mi refugio entonces con paso lastimero por el encharcado erial , consciente de que ahora vienen los últimos días de mi reinado. 

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