Sentado en la orilla y con la respiración aún entrecortada, Miguel contemplaba fijamente el colgante con forma de león que sostenía entre sus manos junto a un trozo de cadena plateada.

Calado hasta los huesos, algunas gotas le caían por el rostro al escurrirse de su melena y se entremezclaban con sus lágrimas. Se mantenía inmóvil, atrapado en una pesadilla de la que no podía escapar.

En su mente se sucedían, como si de una película se tratase, imágenes del horror que acababa de vivir.

Paseaba junto al lago como cada día. Era una mañana fresca de otoño, el sol no acababa de aparecer entre las nubes y Miguel se ajustó el cuello de su chaqueta para protegerse del frío.

Justo en ese momento oyó el chirrido de lo que parecían unos neumáticos derrapando en el asfalto, no muy lejos de donde se encontraba.

Instantes después, desde lo alto de la colina, un vehículo pequeño y de color negro bajaba dando botes cada vez que pasaba sobre algún desnivel del terreno. Iba a gran velocidad y la luz de los faros zigzagueaba en la penumbra del amanecer. El coche se dirigía sin remedio y fuera de control hacia el lago.

Finalmente, salpicando gran cantidad de agua, el vehículo entró en el lago y comenzó a hundirse rápidamente. En su interior alguien seguía haciendo sonar el claxon.

El automóvil aún no se había sumergido del todo cuando Miguel llegó a su altura, pero dada la cantidad de agua que entraba por las dos ventanillas delanteras abiertas, Miguel no dudó de que el tiempo corría en su contra.

El joven en el interior luchaba inútilmente por liberarse del cinturón de seguridad viendo cómo el agua le subía hasta el cuello. Miguel comenzó a ayudarle sin mediar palabra. Ambos luchaban sin tregua cuando se vieron sumergidos y arrastrados hacia el fondo.

Miguel tuvo que volver a la superficie para recuperar el aliento y tras dar apenas un par de bocanadas se sumergíó otra vez en busca del coche.

Todos los intentos resultaron inútiles, Miguel no tuvo más remedio que volver a subir a por aire y al bajar de nuevo el coche estaba ya a tanta profundidad que no consiguió ver nada más que las luces de los faros, borrosas entre el agua turbia del fondo.

Exhausto llegó hasta la orilla, y ahí fue cuando se dio cuenta del colgante con forma de león que ahora sostenía entre las manos. Debió de habérsele enganchado al tirar del chico con todas sus fuerzas.

El colgante le era conocido, le resultaba familiar, pero no conseguía recordar el porqué. Su mente estaba confusa, los recuerdos de lo sucedido se desdibujaron y liaron en su cabeza.

Las sirenas sonaban a lo lejos. Junto al lago todo estaba en silencio. El sonido del claxon ahogado en el fondo.

Algo plateado, un colgante con forma de león, reflejaba el tenue sol desde la orilla. En su reverso, una única inscripción, cinco letras: MIGUEL.



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