Alcanzo el borde de la piscina con la punta de los dedos y saco la cabeza del agua, cogiendo aire en una gran bocanada. Los tapones a medida me impiden escuchar nada, pero el gesto del señor Thomas me lo dice todo. A pesar de todos mis intentos, no he conseguido mejorar mis tiempos.

Me despolomo sobre el bordillo y me quedo allí mientras veo a mis compañeros del equipo salir del agua y dirigirse a los vestuarios.

Nadie espera por mí.

Después de diez minutos en el parking del instituto, estoy planteándome volver andando a casa, a pesar de los casi cinco kilómetros que me separan de ella. No tengo un mensaje en el móvil de parte de mi madre, pero me lo puedo imaginar; la habrán llamado para un juicio o cualquier otro asunto urgente que no la deja tiempo para avisar a su hijo de que no puede recogerle.

Si al menos me comprara un coche...

Con un suspiro, me tapo el pelo aún mojado con la capucha de la sudadera y bajo las escaleras de la puerta principal del instituto.

Es entonces cuando aparece un enorme todoterreno negro que reconozco enseguida, a pesar de que los cristales delanteros están ilegalmente tintados; el coche de Jason, el nuevo y jovencísimo novio de mi madre. Al fin y al cabo, el león que lleva serigrafiado en el capó es inconfundible. Las ruedas, impolutas y más grandes que yo, rugen y dejan marcas negras en el asfalto, llamando la atención de mis compañeros. A Jason le gusta llamar la atención, así que da un par de vueltas por el aparcamiento; incluso está a punto de atropellar a un par de chicas del equipo de tenis. El humo que se escapa del tubo de escape sería capaz de matar a cualquiera, y escucho la música a todo volumen hasta desde aquí.

Pongo los ojos en blanco mientras espero a que se digne a aparcar. 

Al final, para y baja la ventanilla, llenando el ambiente con el estruendo de una canción de metal. El pelo rubio le cae sobre las gafas de sol.

-Vamos chaval, monta.

Estoy harto de los chavales que trae mi madre a casa cada dos semanas. Estoy harto de que siempre les mande a ellos a recogerme, como quien manda a alguien ir a por un paquete. El escalofrío que recorre mi espalda hace que me decida rápidamente por subir al vehículo, a pesar de todo, pero eso no me quita esos pensamientos de la cabeza.

Sonrío, pensando en lo fácil que sería para mí conseguir un arma. Tal vez sea el momento de acabar con todo. O con todos.

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