Tiritaba. El vaho de su propio aliento le empañó la vista. Gotas de agua rodaban desde su cabello. La ropa se le pegaba al cuerpo, pesada y gélida como una mortaja de plomo. En retrospectiva, la magnífica idea de saltar del puente presentaba más perjuicios que ventajas.

Escaló los peldaños que se hundían en el agua y ascendían hasta el paseo junto al río. Ese en el tanto había jugado de niño, al calor del sol del verano, con el aroma de los cerezos en flor en primavera. «Pero nunca vayas de noche, ¿me oyes, Yuki? No te juntes con los que van al puente por las noches, son peligrosos» repetía una y mil veces su madre. Novecientas noventa y nueve de más, había creído él, pero empezaba a entender que la mujer se había quedado corta. «Qué razón tenía la vieja». No supo escuchar y ahora la vida se le escurría entre los dedos como pétalos mojados desprendidos por una tormenta a destiempo.

No pudo evitar echar un último vistazo a su espalda, a la corriente oscura como la tinta y la silueta del puente recortada contra la luz de la luna. Había ganado media hora, tal vez un poco más, hasta que sus perseguidores atasen cabos y lo rastreasen. Encontró la escalera que llevaba a la calle y subió los escalones de dos en dos; sus zapatos, encharcados, rechinaban a cada paso que daba.

Nada más llegar a la acera, la luz de unos faros lo cegó. Se quedó paralizado.

—Yo sólo… sólo quise hacer lo correcto —balbuceó, no sabía a quién.

Los haces de luz pasaron de largo. No era uno de los familiares todoterrenos negros de cristales ahumados, sino un modelo de Peugeot de los años veinte. Las farolas arrancaban destellos a la carrocería beis y la figura de un león broncíneo que sobresalía del capó mientras el coche desaparecía calle abajo con el ronroneo de motor por única sinfonía. Yuki se llevó la mano al pecho y soltó el aire que estaba conteniendo.

Unas sombras sospechosas se movían a su derecha. Se llevó la mano a la cartuchera para asegurarse de que la pistola seguía allí y echó a correr por los callejones con la esperanza de darles esquinazo.

O de que la pólvora no estuviese húmeda.

Giró en la esquina equivocada. La visión del muro de ladrillos frente a él cayó como una losa sobre sus hombros y lo dejó hueco por dentro, mareado. Unas pisadas, cada vez más cercanas, se detuvieron a pocos metros detrás de él. Tragó saliva. No necesitaba ver la carpa bordada en la chupa de cuero negro ni el tatuaje del dragón que asomaba bajo el cuello de la camisa para saber de quién se trataba.

—¿De verdad creíste que te irías de rositas, soplón?

El clic de un arma le estremeció el alma. Yuki se dio la vuelta, despacio. Deslizó un dedo en el gatillo. Inspiró.

«Perdóname, mamá».

Una detonación rasgó la noche.

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