Pilar estaba completamente mojada gracias a la pistola de agua que decidió salirse de control. Le había avisado a Laura de su pequeño problema con las atracciones, pero ella no hizo caso; después de todo, era la primera vez que llevaban a Marta a la feria. Todo iba relativamente bien hasta que la pequeña se encaprichó de un león gigante de peluche, para ganarlo solo tenían que tumbar tres patitos en aquel juego. Y vaya si tumbaron patitos.

Laura, con su entrenamiento policial, derribó unos siete sin despeinarse y habría seguido si el arma no se hubiera descargado. O eso pensaron. En cuanto dejó la pistola sobre el mostrador, un chorro de agua a toda presión acertó de pleno en su mujer, que la miraba con los labios apretados y el ceño fruncido en su clásico gesto de «te lo dije».

Ahora estaba sentada sobre una toalla en el asiento del copiloto; ella sostenía el maldito peluche, Marta dormía en su sillita del asiento de atrás y Laura conducía mientras gesticulaba en silencio. Pilar sonrió para sus adentros, sabía que estaba ensayando una disculpa y tenía que disimular un poco el enfado, ya se reconciliarían cuando llegasen a casa. 

Apoyó la cabeza en el respaldo y miró al frente, los viajes en coche siempre la habían calmado. Las luces iluminaban el camino bien asfaltado y solitario, el motor apenas ronroneaba con suavidad y en la radio pasaban sus canciones de la adolescencia. Se limitó a acariciar el peluche y disfrutar el camino, aquel Fiat le daba una sensación de seguridad que encontraba en muy pocas partes.


—Disculpe, señorita, pero ¿por qué está mojada? —La voz inocente interrumpió el momento de paz.

—Oh, cállate. —respondió molesta.


Pilar lanzó el peluche al asiento de atrás y refunfuñó por lo bajo, solo le faltaba tener que dar explicaciones a un leoncito curioso. Laura la miró de reojo y carraspeó antes de preguntarle, esta vez no había sido culpa suya.


—¿Me lo dices a mí?

—No, a ti no, al peluche ese de Marta.

—¿Te está pasando otra vez? —Ella murmuró una respuesta y asintió.


Comprendió sin necesidad de preguntar más, no era la primera vez que objetos supuestamente inanimados se volvían animados alrededor de ella, así que Laura lo tenía bastante asumido. Se limitó a pisar el acelerador y Pilar se cruzó de brazos, la ropa húmeda le estaba empezando a dar frío.

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