Después de cinco horas apostado bajo el ardiente sol de la sabana, al tirador lo sorprendió la lluvia. Un chaparrón improbable que le caló hasta el tuétano, dejando en entredicho la capacidad de la acacia africana para ejercer como paraguas natural.

Sin embargo, las hojas parapinnadas y sus espinosas ramas le proporcionaban el camuflaje perfecto, y el elevado tronco del árbol, único y solitario, una perspectiva envidiable. Ni la sed, ni el calor ni la lluvia desalentarían al cazador que, paciente, esperaba su momento. La oportunidad no tardó mucho más en presentarse.

No había terminado el suelo de absorber el aguacero cuando una nube de polvo delató la presencia de un vehículo en el horizonte. Se trataba de un viejo Jeep de los años sesenta, con la chapa oxidada y la pintura desgastada, que se abría paso a trompicones entre los matorrales de las dunas cobrizas del parque natural de Kgalagadi, en la frontera de Sudáfrica con Botswana. Cincuenta pasos por delante, un león huía.

Ahí estaba, el depredador convertido en presa y el ingenio metálico catapultado a lo más alto de la cadena alimenticia. El todoterreno avanzaba bamboleándose peligrosamente. Los neumáticos levantaban la tierra húmeda, hundiéndose en ella a veces, quedando suspendidas en el aire otras. El monstruo se abría camino emitiendo su bramido explosivo, espantando a su paso a mamíferos, reptiles y aves. El tirador, mientras tanto, observaba la escena desde la distancia, impertérrito, recostado en una rama, con el fusil apoyado en el cuello.

Furtivos.

Uno de ellos era capaz de mantenerse en pie, portando una carabina de gran calibre. El otro estaba al volante, recortando por momentos la distancia que los separaba del gran felino. La persecución era escalofriante. A cada quiebro que el león daba, el Jeep se separaba un poco, incapaz de realizar giros tan cortos. Pero el respiro era efímero, pues en recta la máquina se mostraba mucho más veloz que el animal. El pistón acababa imponiéndose al músculo y el león, agotado, perdía fuerza. Cuando estuvo lo suficientemente cerca el cazador apuntó.

Un disparo.

La rueda delantera del Jeep reventó. El parachoques frontal se hundió en el barro y el resto del vehículo, presa de la inercia, salió disparado, volando, dando vueltas lateralmente sobre sí mismo. Los refuerzos de acero del chasis se doblaron por la mitad, los cristales explotaron en un millar de dardos de vidrio, hundiéndose en el cuero de los asientos y en la carne de sus ocupantes. Era imposible que alguien sobreviviera a algo así. Para cuando volvió el silencio, del Jeep solo quedaba un amasijo humeante de hierros.

Que el sol vuelva a salir por el Este, que la lluvia siga alimentando los ríos y que mi señor Illumbe, rey de la sabana, viva para siempre. Pues mientras me quede aliento, prometo, seré yo su protector.

El tirador volvió al suelo y emprendió la marcha a casa. A lo lejos, en algún punto de la sabana, un león rugió en señal de agradecimiento.

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