La lluvia cayó con insistencia durante toda la travesía, sin darles ni unos minutos de tregua para admirar el paisaje. A pesar del mal tiempo, Sammy, empapado y chorreando agua como un pez, pasó todo el viaje en la cubierta. No quería perderse nada.

—¡Mamá, mira! —Señaló hacia el frente, donde empezaba a distinguirse la silueta de una isla.

Una mujer de largo cabello negro, que se protegía de la lluvia con un paraguas, asintió. Intentó cubrir un poco a su hijo con el paraguas pero, menos de un minuto después, el niño se alejó corriendo en busca de vistas mejores.

La imagen de su destino, una isla con elevaciones del terreno, una costa irregular y un gran muelle, era bastante impresionante, pero la del barco no se quedaba atrás. Visto desde allí, donde un grupo de trabajadores vestidos con impermeables naranjas esperaba su llegada, la proa cortaba el mar para abrirse paso. Las olas golpeaban los costados del poderoso vehículo, zarandeándolo a medida que avanzaba dejando una gran estela de espuma blanca a su espalda. El casco estaba pintado de un vibrante tono rojo, con una línea horizontal negra un par de metros por debajo de la cubierta, que se distinguía con facilidad, en especial si brillaba el sol. A babor, con unas letras de gran tamaño en color blanco, estaba rotulado el nombre del transporte. Estas se fueron haciendo más y más claras hasta que resultaron legibles a poca distancia. El Reina de África llegaba a su destino.

Sammy corrió de nuevo junto a su madre cuando el barco inició las maniobras de atraque. Emocionado, el chaval empezó a saltar en la resbaladiza cubierta en su afán por verlo todo. Tiró de su madre para que se diera prisa en desembarcar. También fueron los primeros en subir a uno de los todoterrenos que les llevarían de visita por el safari en la isla. Por un periodo de cuatro horas y media, tres más de las que habían pasado en el mar, serían libres para explorar cuanto quisieran. Todo lo que tenían que hacer era decirle al conductor qué querían ver.

—¡Los leones! —exclamó Sammy entusiasmado cuando le preguntaron.

Unos quince minutos después, el chico contemplaba boquiabierto y sin palabras al rey de la selva. Dos cachorros de león jugaban cerca de un matorral. La madre les observaba, tumbada a la sombra con la gracia propia de los grandes cazadores. Un gran león adulto de pelaje dorado, con una espesa melena oscura y el hocico blanquecino, completaba la familia. Apenas les dedicó una mirada perezosa antes de decidir que no eran dignos de su atención.

La mujer acarició el cabello de su hijo. No fue capaz de decirle que todos los animales de la isla eran figuras animatrónicas. Quiso conservar su inocencia un poco más. Seguramente Sammy se pondría a investigar en cuanto regresasen al hotel y descubriría por sí solo que el último león de verdad había muerto antes de que él naciera.


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