Tras el velo que creaba la lluvia cayendo a plomo Queralt vió un destello. Estaba aún lejos, pero no le hizo falta más para saber qué se trataba de los ojos del monstruo que llevaba semanas atormentándola.

Sin perder un segundo empezó a correr en dirección contraria, con el miedo calando en su interior casi tanto como la lluvia. Los charcos provocados por la tormenta salpicaban cuando los pisaba y mojaban la pernera de sus pantalones, pero no le importó. Al fin y al cabo no quedaba un centímetro de ella seca para aquel momento.

Hubiera seguido corriendo hasta agotar el aire en sus pulmones de no ser porque la barrera del paso a nivel frente a ella cortó en seco su huida.

Angustiada escuchó el sonido del tren, vio sus luces a lo lejos. A su espalda aquel ser de aspecto de león, aunque con un interior mucho más oscuro y macabro que el del noble animal, siguió acercándose. Sus movimientos eran lentos y, si no fuera imposible, Queralt juraría que en su hocico se dibujaba una sonrisa de satisfacción.

En su pecho el corazón parecía querer escapar por su boca de tan rápido que latía. El tren se acercaba a toda velocidad haciendo vibrar el suelo a sus pies, algo que la llenó de una sensación de movimiento pese a que ella se mantenía clavada en el sitio, incapaz de moverse. Cuando la máquina estaba casi a altura el ruido de su motor se hizo ensordecedor. Fue aquel sonido el que la hizo despertar de su ensimismamiento. O hacía algo o estaba perdida.

En el momento en que la luz de la locomotora incidió en sus ojos claros vió la que sentía como su única opción. Sintiendo la respiración pesada y rancia del monstruo demasiado cerca atravesó la barrera del paso a nivel de un salto. Una vez en las vías Queralt cerró los ojos con fuerza, dejándose llevar.

El tren siguió su camino, dejando atrás a una bestia enfurecida por haber perdido a su presa cuando estaba tan cerca de su alcance.


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