Allí estaba él, inmóvil, con las gotas de agua resbalándole por los brazos y goteando desde la punta de sus dedos mientras observaba como el coche levantaba una ligera polvareda al acelerar. Las ruedas chirriaron mientras giraban a toda velocidad, dejándole en la más absoluta soledad; tan solo el graznido de las aves se escuchaba en la lejanía. El sol emergía desde el este, dándole un hermoso tono rojizo al cielo y comenzando a plasmar la sombra de Elías en el asfalto.

Le había dejado claro que no quería volver a verle, y ella no era como las demás mujeres, ella era diferente, rebelde, ella había prometido matarle si volvía a aparecer por la casa. ¿La creía? Por supuesto, al fin y al cabo, ya intentó acabar con su vida cuando se enteró de que había otra mujer. No debía de habérselo confesado en la playa y mucho menos por la noche, cuando nadie pululaba por los alrededores; le había dado una clara ventaja.

Con un puñado de arena a los ojos le había sido fácil reducirle y arrastrarle hasta el agua, entonces fue todavía más fácil sumergirle una y otra vez hasta que sus pulmones se llenaron de agua lo suficiente como para dejarle inconsciente. Ella le hizo la respiración cardiopulmonar pero él sabía que no lo había hecho porque se arrepintiera de sus actos, sino porque quería que él viviera con la culpa de lo que había hecho, y quería que viviera con la tensión constante de no saber si ella estaba cerca.

“No voy a irme y te conozco lo suficiente como para saber que tú tampoco lo harás, pero ten mucho cuidado porque si vuelvo a verte, sea de forma intencionada o por pura casualidad, te mataré”.

No podía abandonar la ciudad, no podía abandonar de aquella forma a su familia, debía haberlo pensado dos veces antes de poner en peligro su matrimonio, siendo infiel con una mujer que acababa de conocer en un bar. Nunca se llega a conocer a nadie del todo, entonces, ¿por qué confió en ella? Era simple, desprendía un halo de misterio que le atraía.

Él suspiró, se quitó la pesada camiseta y la escurrió antes de volver a ponérsela. El león impreso en la tela, ahora arrugada, tenía una expresión enfurecida, y Elías no pudo evitar pensar en que ella era como aquel león: una criatura asombrosa y hermosa, pero que debía contemplarse desde la lejanía.


Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.