Me cuesta abrir los ojos, y cuando lo consigo, siento mucho calor alrededor. El aire es pesado y abrasa mis pulmones. Me ha llevado al desierto, el muy hijoputa: aquí nadie podrá oírme gritar y tardarán semanas en encontrar lo poco que los buitres hayan dejado de mí. Siento la ropa pesada y viscosa pegándose a mi cuerpo, y tardo unos segundos en reconocer el olor: gasolina. A pocos metros de mí descansa el bidón ya vacío. El pelo, la ropa, la piel, estoy empapado. Forcejeo, intentando liberar mis manos, pero es un profesional y me ha atado bien. 

Veo al Hijoputa alejarse. Casi puedo oírle silbar mientras juguetea con su llavero. Viste de negro de cabeza a los pies. Las botas de piel le dan un andar característico. Hago otro intento de liberarme. Imposible. La gasolina filtrándose a través de mi boca me provoca las primeras arcadas.

— ¡Hijoputa! ¿Vas a matarme? — Alcanzo a gritar sin dejar de batallar con la soga alrededor de las muñecas.

Se gira. Sonríe torciendo la boca, de la que cuelga un Lucky apagado. Su rostro me recuerda a una víbora: viscoso,  escurridizo, y sobre todo muy peligroso. Las gafas de aviador tapan sus ojos, y aunque uno es de cristal, sé que el otro no se aparta de mí. De su cintura cuelga el llavero de madera tallada a mano con forma de león africano y una única llave plateada. El puto llavero que nunca debí haber intentado robar. “Será un golpe fácil, Joe” dijo el viejo Mike en la trastienda de su restaurante, mientras contaba fajos de billetes en mangas de camisa tras aquella fatídica timba. “Entras, le quitas el llavero, me lo traes y quedamos en paces. Sin complicaciones”.

El Hijoputa abre la puerta de mi coche, un Chevrolet Camaro del 75. Cierro los ojos, e intento pensar una manera de escapar. Ya no le veo, pero le oigo cebar el motor. El ruido es ensordecedor. En otra situación diría que es música para mis oídos, pero no hoy, no ahora. Ahora me eriza la piel, y me hace tragar más saliva bañada en gasolina. Cuando vuelvo a mirar, le veo agarrar una gran piedra, que no tardará en colocar bloqueando  el acelerador para lanzar mi precioso Chevrolet contra mí a toda velocidad.

Me gustaría morir con la cabeza alta, pero nunca he sido un valiente. Me fijo en lo precioso que es el Camaro: amarillo, como el desierto que me rodea, con su gran raya negra surcando el capó. Los faros, pulidos y brillantes, como dos ojos amenazadores mirándome en la distancia. El Hijoputa sale del coche, y el tiempo se suspende unos segundos hasta que oigo las ruedas chirriar fuera de control, y se levanta una gran polvareda alrededor. Luego todo se acelera y cada vez lo tengo más cerca. Cierro los ojos esperando el impacto y aquellas palabras no dejan de repetirse en mi cabeza : “Será un golpe fácil, Joe. Sin complicaciones”.


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