Martín se arrastró fuera del agua y corrió hacia su todoterreno notando el peso de sus empapadas ropas. Con el sol la chapa color arena y el techo rojizo se veían brillantes. Las ruedas eran grandes y de poderosa goma negra. Martín se subió al vehículo y lo hizo salir a toda velocidad con el motor dando todo de sí, justo en el momento en que el terrible y rugiente león saltaba sobre él.

El animal gruñó y pateó en el terreno lanzándose en pos de su presa. Ganaba terreno por momentos y su mirada se mantenía fija en el guardabarros metálico del que sobresalía una rueda de repuesto.

Las ruedas del todoterreno giraban raudas permitiendo al vehículo avanzar e ir ganando velocidad poco a poco. Despedían agua y barro allí donde encontraban un charco y tierra y polvo cuando derrapaba para cambiar súbitamente de dirección y tratar de ganar unos segundos vitales al terrible animal que no cejaba en su empeño por alcanzar a su presa.

El león, seguro de su victoria, lanzó un terrible rugido abriendo la boca en toda su magnitud que eclipsó el retrovisor de Martín. Sus poderosas patas le impulsaron en un olímpico salto y extendió sus enormes garras con las uñas dispuestas a dar su mortal abrazo. El todo terreno derrapó y cambió de dirección en el último segundo haciendo que la terrible bestia fallara su envite y se arrastrara por el suelo…

…, hasta chocar contra la puerta del baño, que entre abierta, dejó que un rostro enfadado de mujer asomara por ella vociferando.

—¡Martín! ¿Se puede saber qué haces? ¡Vuelve a la bañera de una vez! ¡Y deja en paz al pobre gato!

—Sí, mamá —respondió su hijo de nueve años.

Leo, el gatito de Martín, salió corriendo del baño con las patitas mojadas mientra que él volvió a la bañera con su todoterreno de juguete, ahora, vehículo anfibio de un super agente secreto.

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