Philip estaba empapado de pies a cabeza. Pensó que zambullirse en las frías aguas de aquel río le ayudaría a despistar a su perseguidor. Ya entraría después en calor. Echó la vista atrás y se quedó impresionado por la altura de la cascada por la que se había arrojado. En condiciones normales jamás se le hubiese ocurrido realizar un salto así, pero le iba la vida en ello. De hecho el zarpazo de su depredador pasó a escasos centímetros de su espalda antes de que comenzara su vertiginoso descenso. En lo alto de la catarata el león paseaba inquieto de un lado a otro sin atreverse a imitar la proeza de su desesperada presa. Un rugido de frustración emergió de su garganta y llenó el aire que mecía su frondosa cabellera. El sonido rompió el hechizo que mantenía a Philip paralizado contemplando la escena y lo hizo reaccionar. Pese al peso extra de sus mojadas ropas consiguió alcanzar la orilla y se introdujo en la selva. Justo en ese momento escuchó algo que lo obligó a volverse hacia el río de nuevo. Se trataba de un zumbido ensordecedor que iba en aumento. Tras la montaña apareció un transporte aéreo con una forma parecida a la de un submarino. Vió como se aproximaba a su posición aumentando su tamaño a medida que se acercaba a él. Después viró para seguir el curso del río y su enorme panza pasó muy cerca de los árboles tras los que observaba Philip. Ensimismado con aquella visión no oyó el chapoteo que resonó tras el extraño vehículo. Cuando este siguió su camino dejó al descubierto al león, con la melena empapada y pegada a su cabeza, mirándolo fijamente desde el río. Todo sucedió en cuestión de segundos. Philip se giró rápidamente e intentó subirse a uno de los árboles, pero su depredador ya estaba fuera del agua y echándosele encima. Pero para sorpresa de ambos, cuando el felino cerró sus fauces sobre el cuello de su presa, Philip estalló, repartiendo por toda la orilla una mezcla de sangre, engranajes, tejidos y cables, tanto suyos como del león. Al cabo de unos minutos reapareció el extraño transporte y se paró junto a la macabra escena. De una compuerta que se abrió en el lateral salieron dos hombres que empezaron a recoger los restos de ambos.

—Mete las partes biológicas del león en el congelador y guarda las mecánicas en la bodega de carga. Y recoge lo que queda del robot para reconstruirlo después —le dijo el uno al otro.

La explosión había liberado la memoria de Philip y reconoció a los dos hombres. Recordó cuánta aversión le tenía a los humanos por utilizarlo de esa manera. Pero sabía que poco podía hacer, volverían a reconstruirlo y a bloquear su memoria para que ni siquiera recordara ser un androide y volviese a correr por su vida para atrapar así a otra fiera cíborg mientras entretenía a ese par de sádicos. Cómo odiaba a la raza humana.


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