Sentía el peso de las prendas empapadas arrastrándole, succionándole hacia un fondo negro de agua muerta y estancada. Sentía el frío mordiéndole todo el cuerpo, como si le cruzara un rayo helado, convirtiendo sus lágrimas de pavor en escarcha. La única sensación que vencía al entumecimiento era el pinchazo ardiente de la uñas partiéndose contra el cemento mientras luchaba por salir del foso.

Cuando el agua abandonó sus oídos, red infausta que le cubría de pies a cabeza, el mundo volvió a cobrar vida en una avalancha de ruidos crecientes. La gente chillaba, gritaba pidiendo auxilio, incluso el silencio de aquellos helados por el miedo podía percibirse de forma atronadora.

El chico miró hacia el bullicio que le observaba pálido desde las alturas. Le habían empujado, estaba seguro de ello, vio la tela ondeante de un abrigo amarillo justo antes de ser lanzado al vacío. Sus ojos escrutaron con rabia las caras que le miraban, fue entonces cuando un escalofrío primigenio le sacudió, haciéndole abandonar la caza del abrigo delator. No le miraban a él, el terror en sus rostros no nacía de la fatal caída, ni la altura ni el agua suponían la verdadera desgracia.

El pobre infeliz dejó las miradas de espanto a un lado para enfrentarse a una mirada dorada y profunda, llena de aborrecimiento, pero sobre todo de rabia. El león estaba a menos de dos metros de la patética imagen del joven; eso significaba que estaba a tan solo un movimiento de destrozarle.

Pero no lo hizo.


El ruido de neumáticos aferrándose al asfalto pasó desapercibido para todos los presentes, excepto para el animal. Una masa de acero, agazapada sobre cuatro ruedas fustigadas con vehemencia, irrumpió en la escena. El coche era un borrón desdibujado por la velocidad, un manchón de un rojo brillante que levantaba tras de sí una estela de polvo y caos, como si de un cometa desintegrándose se tratase.

Entró derrapando en el recinto, avanzó entre el público congelado y antes de que nadie pudiera preverlo embistió la alambrada que cercaba el foso haciéndola caer, salvando las distancias entre máquina y bestia. La puerta se abrió, una voz graznó desde el interior:

—¡Eres libre hermano! 

El león, sin dudarlo, abandonó al chico sin mirarle siquiera. Cruzando sobre el improvisado puente se coló en el coche, cuyo motor rugía con fiereza. Las ruedas rechinaron mientras viraba de nuevo, de entre el gentío surgió una figura enfundada en un abrigo amarillo, la cual despareció a la zaga del león. El extremo de una cola rayada se vislumbró justo antes de que la puerta se cerrase.

—Te dije que te sacaríamos de ahí —pronunció una voz cavernosa.

El cometa emprendió la fuga por donde había venido.

Justo antes de abandonar el zoológico, una zarpa de león asomó por la ventanilla golpeando un puesto de regalos donde montones de peluches se hacinaban. Los animalitos de algodón quedaron todos libres, rodando por los suelos.

—¡Esto no quedará así, sacos de carne! —rugió una sentencia.

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