Se desperezó en el suelo. De nuevo estaba pringada por una sustancia que expelía un olor nauseabundo. Gruñó aún en una mezcla entre animal y humana. No había amanecido todavía, pero ya sabía que se encontraba lejos de su casa.

«Solo espero que no le conociera», pensó al extraer un hilo de carne de entre los dientes. Mientras caminaba por la calle los primeros rayos de un nuevo día aparecieron, de esa forma, se giró mientras caminaba hacia atrás y observó cómo el suelo estaba bañado de sangre y vísceras a medio comer. Sintió arcadas que tuvo que contener, si no lo hacía comenzaría a vomitar sin parar y perdería un precioso tiempo para largarse de allí.

Hacía años que no era delito comerse al vecino, o a quién fuera, porque era un acto involuntario como lo era que tu corazón latiera. Pero eso no le impedía que sintiera que había hecho algo malo, ni que no quisiera que la vieran ahí al lado de ese amasijo irreconocible.

En cuanto llegó a una avenida por la cual debía de cruzar sí o sí, empezó a ver a otros, que, como ella, tenían la suerte, y al mismo tiempo, la desgracia de cada vez que tuviese hambre transformarse en un animal letal. La mayoría parecían estar exhaustos, cansados de que cada vez tuvieran que pasar por lo mismo, otros se lamían las heridas y todos tenían algo en común: un reguero de sangre, para unos más denso y para según, menos, que les seguía como si se tratase de su propia culpa a la vista de todos.

Empezó a caminar rápidamente cuando el viento sacudía con fuerza los olores de las presas del resto, quería llegar a casa cuanto antes para quitarse la sangre seca. Nunca entendió por qué se despertaba tan lejos de su casa ni por qué nunca se hacía el favor de estar a la vuelta de la esquina. Sorteó varias calles concurridas antes de llegar a la parada de bus. La primera vez que salió a cazar le pareció inverosímil hacerlo, pero pronto vio que no era la única y que incluso el conductor estaba allí. Se echó hacia atrás en cuanto el primer bus llegó, no era el suyo y chasqueó la lengua molesta al tener que esperar un poco más a la intemperie. Observó cómo se marchaba con expresión de pena y dolor, no iba muy lleno y le daba igual si el suyo lo estaba.

No tardó mucho en venir. A sus ojos iba a cámara lenta, sorteando los coches parados en la lejanía, abriendo las puertas para que entrara ella y bajaran otros. Tardó un tiempo en darse cuenta de que lo que pasaba, que tras la larga caminata volvía a tener hambre. No ayudó mucho el olor a carne fresca de uno de los pasajeros que subió en la siguiente parada, antes de poder percatarse se había transformado ella en caracal y se disputaba con un león por un pedazo antropomorfo.

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