Sale del río a tientas, arañando el cieno de la orilla. El pelo mojado y la barba enmarañada, cubiertos de barro, chorrean sobre el sucio uniforme. Tropieza, reprime un grito de dolor. El tintineo de la cadena, en su muñeca, y el ruido de cañas quebradas son el único sonido de la noche. Ya no escucha a los perros seguir su rastro. La ausencia de luna le obliga a seguir palpando; se golpea las manos con las piedras a medida que avanza con cada golpe de cadena. Clang, clang. Maldice haber perdido el hacha en el agua, podía haberle sido útil. Tiene frío, decide parar. Se acurruca entre unos arbustos que le hieren. Agarra sus rodillas, hecho un ovillo, y se mece despacio mientras tararea el blues que cantaba en los campos de algodón de la penitenciaría.


Unos gritos le despiertan.

—¡Diablos! —exclama a la vez que se incorpora y alisa su embarrado traje a rayas. 

Bajo el sol de la mañana el recluso se percata de que ha dormido a los pies de un camino. Tras una arboleda cercana ve los postes, cuerdas y banderolas, que mantienen en pie la carpa de un circo. De pronto le sobresaltan los estallidos de un motor que se acerca por el camino, un camión de bomberos envuelto en una enorme polvareda. Cuando pasa a su lado, sin aminorar, contempla sorprendido al conductor que lleva una enorme nariz roja. Atrás, en el remolque, otros payasos con escopetas se sujetan como pueden y hablan a gritos sobre una bestia huída. El vehículo, lleno de rozaduras y desconchones, luce orgulloso unas letras que antaño fueron doradas: «Fusilli Brothers Circus». La manguera arrastra por el suelo, dando saltos de serpiente contra las piedras mientras el camión se aleja y desaparece entre petardearos de motor y polvo.

El fugado se recompone de la fugaz visión y decide alejarse. Corre hasta que, extenuado, se detiene para recuperar el aliento. Un repentino rugido a su espalda le obliga a girar. Tiene delante a un enorme león, de frondosa melena, que le observa. Su primer impulso es echar a correr pero un nuevo rugido del animal le detiene. Cae sentado y el animal se tumba a su lado. Bosteza manso, casi tocándole con sus patas. Al mínimo movimiento enseña los dientes lo suficiente para que el preso quede paralizado. Le recuerda al viejo León Williams, su compañero de cuerda en la prisión, del que tuvo que separarse a golpe de hacha durante la fuga.

—¿Eres tú, León? —pregunta mientras levanta la cadena de la muñeca.

No obtiene respuesta, solo el tintineo cantarín de los eslabones.


El tiempo pasa despacio. Inmóvil bajo un sol abrasador, con los labios resecos, canturrea por lo bajo hasta que escucha de nuevo el camión. Cuando los payasos le apuntan con sus armas respira aliviado.

—Avisen a shérif —dice con voz temblorosa.

Al ser entregado a las autoridades, cree ver en el león una sonrisa; será su única compañera, junto con un blues, de camino a la Prisión Estatal de Misisipi.

Comentarios
  • 2 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.