Llevaba horas caminando bajo una incesante llovizna que lo había dejado calado hasta los huesos y estaba harto de que los pocos coches que circulaban por aquella carretera de montaña lo ignorasen. El pueblo más cercano se encontraba a varios kilómetros de distancia y estaba empezando a oscurecer. Al oír el sonido de unos neumáticos que se aproximaban se volvió esperanzado, alzando el pulgar.

Los faros del vehículo lo deslumbraron por un instante. Se trataba de una furgoneta blanca, vieja pero robusta, con arabescos rojos y dorados decorando los laterales. Al pasar a su lado, comprobó que estos enmarcaban las palabras: Circo Russell. Por un momento creyó que la furgoneta también iba dejarlo tirado, pero lo que hizo fue detenerse en el arcén unos metros por delante de él.

La conductora era una mujer madura de piel tostada que le sonrió y le indicó que subiese.

—Gracias por recogerme —dijo él, acomodándose en el asiento del copiloto. 

—No hay de qué, chico. Tengo un rancho cerca de aquí, si quieres puedes quedarte a dormir y mañana te acercaré al pueblo.

—Eso sería...—empezó él, pero lo interrumpió un sonoro rugido procedente del compartimento de carga.

La mujer rió al ver su expresión..

—Tranquilo. Es el viejo Arnold, un león de circo al que acabo de rescatar.

—Ah… ya… genial —balbuceó él, alarmado ante la idea de tener una fiera encerrada tan cerca—. Espere —añadió, recordando el letrero de la furgoneta—. Cuando dice `rescatar` se refiere a…

—¿...`robar`?—concluyó ella, frunciendo el ceño—. Los animales no deberían ser propiedad de nadie.

—Pero robar es un delito…

La mujer se volvió hacia él con los ojos desorbitados.

—¡¿Y no es un delito encerrar a inocentes?! ¿Exhibirlos como si…? —Se interrumpió—. Perdona, es que estas cosas me sacan de quicio.

Permanecieron en silencio hasta que llegaron al rancho. Para entonces había oscurecido, pero él ya no estaba seguro de querer pasar lo noche allí, de modo que bajó de la furgoneta y rodeó el morro para despedirse de la ladrona de fieras. No vio a nadie. Fue a la parte trasera, temiendo que hubiese decidido soltar al león en medio del campo. Tampoco estaba allí. Entonces recibió un fuerte golpe en la cabeza que le hizo perder el conocimiento.

Al abrir los ojos fue vagamente consciente de que alguien lo arrastraba a tirones al interior de un cobertizo.

—Lo siento, pero no puedo arriesgarme a que avises a la policía. Devolverían al pobre Arnold al circo y allí se moriría de pena.

La puerta del cobertizo se cerró y él luchó por incorporarse. Un gruñido amenazante sonó muy cerca de su rostro. En la oscuridad apenas fue capaz de entrever unas enormes zarpas y unos ojos amarillos antes de que el gigantesco animal se le echase encima.

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