Qué valentía la mía de haberme parado en medio de la carretera. Estaba mojado hasta el tuétano y no sabía distinguir entre sollozos y lluvia. Tuve que hacerlo, de lo contrario la habría matado.

Pensé que estaba bien, que no había nada más. Ella estaba furiosa.

Salí de Lola, con todo el pesar, para ver a Regina aunque fuera un momento para saber si en su semblante había algún símbolo honesto que me diera su perdón. Regina y yo habíamos estado juntos por tanto tiempo que conocía cada pliegue de su piel, cada gesto de sus ojos verdes.

Ahora parecía mirarme, pero en realidad tenía los ojos clavados en Lola.

Lola era flamante. Una Mustang dos ochenta y nueve que brillaba con el sol un rugiente color rojo que hacía palpitar a cada tipo que la viera. No importante su caja de cambios automática, menudo carburador Holley, toma de admision Edelbrok, eran benditos focos de rayo, y una línea negra que la partía cuando parecíamos cortar el aire de tan rápido que íbamos.

Regina me encontró más tiempo con Lola que con ella; y dijo que la mataría.

Intenté escapar, tratar de que mi exnovia no pudiera alcanzar este amor que derrochamos entre sillones de cuero. Ya habíamos pasado la autopista del estado, incluso había anochecido y la lluvia se doltó cuando vi que Regina estaba frente nosotros. No entendí como pude haber sospechado que podría librarme de Regina cuando se quedaba prendida de su metamorfosis, las garras estaban sedientas y sus ojos brillaban como los faros de Lola en pleno anochecer. Sabía que sería muy tarde para Lola, la dulce Lola.

La destrozó entera, ni un gramo de acero me quedó de ella.

Regina, convertida en mujer de nuevo, me dijo que había sido un imbécil.


Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.