​Mientras veía el fuego de los propulsores, me pregunté si la tormenta pararía. Ya no me importaba no recordar qué era estar seca, pero el frente de agua que se creaba mientras el morro de la nave aceleraba y desafiaba la gravedad me hizo preguntarme cuánto tiempo más podríamos vivir en la Tierra. Geraldine y yo nos mantuvimos en silencio mientras veíamos cómo la nave se recortaba contra el gris del cielo hasta quedar engullida por las densas nubes. Ese cohete debía llevar personas muy importantes, solo así se explicaba que hubieran hecho el despegue incluso en esas condiciones.


―Ojalá fuéramos ricas. Así nos podríamos ir a Marte antes de que la Tierra acabe de matarnos ―dijo Geraldine sin mirarme.


No respondí. Hacía mucho tiempo que sopesábamos las posibilidades que teníamos de salir de ahí. Incluso los viajes más baratos ,en los que ni siquiera te daban un asiento, estaban fuera de nuestro alcance. Habíamos pensado en ir de polizones, pero, aunque se rumoreaba que algunos lo habían conseguido, el riesgo era demasiado grande. Cuando alguien que lo había intentado no volvía, nunca sabíamos si había sido apresado o había conseguido dejar la Tierra atrás. Muchos consideraban que valía la pena intentarlo, pero para nosotras no era viable. No habíamos encontrado el plan que asegurase que dos polizones pudieran tener éxito sin separarse.


Empezamos a caminar muy despacio y Geraldine me cogió de la mano. Ese gesto me reconfortó tanto que por unos segundos olvidé la tormenta que no había parado en siete días, los destrozos que había sufrido nuestro apartamento, las goteras que se multiplicaban cada día, el suelo de agua. Incluso olvidé la certidumbre de que muy pronto el cambio climático acabaría por exterminarnos. Cuando volví a la realidad, me aferré más fuertemente su mano.


―Geraldine, conseguiremos largarnos de aquí, ya lo verás. Estoy segura de que me darán turnos extra reparando los robots de la fábrica ―dije sin que mi tono reflejara la esperanza de mis palabras.


Por toda respuesta, Geraldine dejó de caminar, se puso delante de mí y me cogió también la mano que tenía libre. Su cabello afro estaba tan mojado que había perdido todo su volumen. Su mirada reflejaba la valentía propia su colgante, un león que siempre llevaba al cuello no olvidar que es una luchadora. Nunca la había visto tan preciosa como en aquel momento.


―No me importa si tenemos que ahorrar dos años más ―dijo sin despegar su mirada de la mía―. Lo lograremos juntas y, cuando todo haya acabado, habrá valido la pena.


Bajé la cabeza; aquellas palabras me golpearon como un rayo: Geraldine estaba dispuesta a trabajar sin descanso por nuestra salvación, siempre que lo hiciéramos juntas. Si moríamos antes poder escapar de la Tierra, habría sido sin rendirnos. Subí los ojos hasta toparme con el león que descansaba sobre su pecho. Volviendo a entrar en su mirada, supe que solo había una cosa que podía decir:


―Juntas hasta el final.


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