Aquella noche la lluvia caía sobre él con mucha fuerza, pero no era suficiente para que su incomodidad le hiciera olvidarse del dolor que le aprisionaba el alma. Su madre había fallecido y él se negaba a aceptarlo. No había sido capaz de ver su cadáver y en su mente todo era parte de una conspiración para que él no regresase a su mundo, pero no lo iban a conseguir. Había preparado todo lo que necesaitaba tomar para regresar al lugar donde más seguro se encontrase, donde estaba su madre.

El mismo ferrari rojo que había visto al llegar al cemetenrio pasó por su lado a tanta velocidad que  su dueño podría perder el control en cualquier momento. Él lo observó hasta que desapareció con la esperanza de que eso sucediese. Las luz de los faros traseros dejaron de lucir y aquel brilló rojo amortiguado por la lluvia chocó con la vitrina de una joyería. Él había hecho eso.

Él tenía una corazonada. Algo en el fondo de su mente le decía que aquel era el asesino de su madre y que debía pararlo. Por eso había usado sus poderes. Sin embargo, había normas para impedir que alguien como él le hiciera daño a un ser humano y ahora debía pagar por ello.

Entonces Temón apareció. Era el león más viejo del mundo y había visto nacer la tierra y el sol. Le dijo que había sido malo y que debía pagar por eso, pero él no podía pensar en otra cosa que no fuera su madre. Le preguntó si ella también había roto las normas. Temón asintió y se abalanzó sobre él.

Cuando abrió los ojos estaba en una cárcel de fuego. Allí iba apasar el resto de su vida. Por un momento, sintió miedo ante la eternidad. Aquel sentimiento se evaporó cuando vio la sornisa de su madre. Había arriesgado todo para matar al hombre que le había hecho la vida imposible y había fallado, pero su más preciado hijo lo había logrado y ahora nadie más iba a intentar separarlos.


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