Las chicas que acuden a la fiesta de Levi Luca, el cantante de moda, saldrán con pareja: a algunas sólo les durará esa noche, a otras un mes, pero las más afortunadas de todas, ésas cuyo nombre será pronunciado con envidia por las demás, son las que esta noche dormirán en su cama.

 

No es para menos: todas son rubias y delgadas, con grandes pechos y una saludable capa de maquillaje. El vestido ajustado y las uñas de gel son garantía de éxito, y por lo tanto han sido usados con inteligencia y sin moderación. 

Marta no. 

Mete la mano en el bolso y busca el mando del coche para abrirlo. Hay un momento de duda, pero entonces ve su reflejo en el cristal de su Ibiza y sus labios se tensan. Con decisión, abre el coche y se mete dentro.  

Va a dejar el asiento empapado, pero le da igual. Cierra la puerta del coche mientras busca con la otra mano la rebeca que dejó en el asiento de atrás y, con ella en la mano, ajusta el retrovisor para mirarse.

Está tan mojada que parece que acaba de salir de la ducha. Su pelo ha perdido los rizos que le costaron cincuenta euros, y su maquillaje está totalmente arruinado. Marta se seca como puede la cara con la rebeca, y finge que el agua de la piscina no está mezclada con lágrimas.  

Se convence de que debe hacerlo, así que lo hace. Luego arranca y sale de la finca del cantante. 

Lo último que el guardia de la entrada ve de su coche es que es negro, viejo, y que la puerta del pasajero es de otro color, seguramente a causa de algún golpe. No parece el tipo de coche que suelen traer las chicas a las fiestas del señor Luca, pero no será eso lo que le contará a la policía. Lo que les contará será que el coche se ha dejado el maletero abierto, y el portón se balancea arriba y abajo en cada curva del sendero. 

También ha anotado la matrícula, porque ha visto lo que hay dentro del maletero.

 Marta conduce por las calles de la ciudad, aliviada de que a esas horas apenas haya tráfico, o transeúntes. Al fin se para detrás del zoo, sale del coche, corre hasta el muro y saca el detonador de su bolso. 

 Y piensa en la fiesta a la que fue invitada pero en la que no encajaba en absoluto.

En el empujón a la piscina. 

En las burlas de después. 

Cierra los ojos con fuerza, y pulsa el botón del detonador. Luego lo tira alto, alto, hasta que cae al otro lado de la tapia, donde sabe que está el recinto del león. 

Sube al coche, cierra el maletero y arranca de golpe, haciendo derrapar las ruedas.

Cuando la detienen al día siguiente, en casa de sus padres, aún no ha conseguido parar de llorar.

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