La noche huele a tierra mojada y a gasolina. Tiritando, Zareb se agazapa entre los arbustos que se amontonan a los lados de la carretera. Uno de los coches se ha detenido, un par de siluetas oscuras inspeccionan la rueda pinchada bajo un aguacero que hiela hasta los huesos.

El todoterreno que los sigue se detiene de golpe, sus faros proyectan un chorro de luz que ilumina sin dificultad el accidentado asfalto. Otras dos personas bajan del coche para ayudar. 

Y entonces, a pesar de la lluvia, Zareb escucha su voz. Ella está en ese segundo vehículo, embiste contra las paredes y se queja, porque quiere salir. Quiere correr y cazar.

- ¡Calla, bicho asqueroso!

Zareb suelta un gruñido bajo. Nada le gustaría más que saltar sobre ellos, pero si se descubre no podrá ayudar a Maisha, que sigue arañando el metal con ahínco mientras se lamenta. Poco a poco, se desliza entre la maleza.

- ¡He dicho que te calles!

Una explosión retumba en el campo desierto, seguida de un silencio sepulcral. No por parte de los cazadores, que consiguen cambiar la rueda tras varios minutos. Pero hay un agujero de bala en la caja que transportaba el todoterreno, los rugidos y los arañazos se han detenido. 

El corazón de Zareb se rompe en un millón de pedazos. Apenas es consciente de cuando los dos coches arrancan, avanzando con lentitud a causa de la tormenta mas igualmente temibles, cual depredadores.

El repiqueteo de la lluvia sobre las dos cajas que transportan al amparo de la oscuridad se queda grabado en la mente de Zareb. Una de ellas, la suya, está vacía, ha conseguido escaparse gracias al pinchazo. En la otra hay una leona muerta.

Solo puede quedarse allí, paralizado e incapaz de reaccionar. El agua y la oscuridad desdibujan la silueta de los vehículos, ya convertidos en manchas lejanas.

Tras unos largos y agónicos minutos, Zareb vuelve en sí. Y un ramalazo de odio recorre sus venas. Odio hacia sí mismo por ser un cobarde. Odio hacia los humanos por haber atrapado a los leones de su manada con sus trucos rastreros.

Y cuando se disipa el odio, llegan las lágrimas. Lágrimas por Sarabi, para siempre perdida, que nunca volverá a correr junto a él, ni a cazar junto a él, ni a despertar junto a él.

Y cuando se disipan las lágrimas, llega la ira. Y Zareb ruge desde lo más hondo de su garganta. Porque las grandes promesas se han de confiar al viento. Porque la próxima vez que vea a un humano, no tendrá piedad.

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