—El último león en cautividad llegará mañana al zoo de Moscú, después de unas duras negociaciones por parte del gobierno ruso. Este famoso zoo pasa a convertirse en el mayor oasis de naturaleza del mundo actual, sumando la adquisición del... —el murmullo de las noticias se alcanzaba a escuchar desde el salón.  

León salió de la ducha empapado, atravesó la casa aún goteando y se plantó frente al televisor. 

—Los científicos siguen trabajando en la clonación con animales, pero tras los últimos fracasos no quieren arriesgarse con un animal en peligro de extinción. Se especula... —la puerta se cerró detrás de León, dejando el charco de agua dónde se había parado como único espectador del monótono programa.  

 

El viento le golpeaba en la cara mientras su moto acortaba la distancia hasta la reserva natural. Esta se separaba de la ciudad lo suficiente como para que todo lo que se alcanzaba a ver a su alrededor fuera una interminable planicie nevada. La carretera estaba bien conservada pese a que ya apenas se usaba. A la derecha se adivinaban los raíles enterrados en la nieve que marcaban el camino que seguía el tren de suministros. León echó un vistazo al reloj y aceleró. Otro día que llegaba tarde. Ya no sabía si se hacía el olvidadizo o había empezado a serlo. La sutil vibración del suelo pareció darle la razón. Al girar la cabeza solo vislumbró dos enormes faros que le seguían, se sentía como una gacela con los ojos de un gran felino clavados en su nuca. El colosal convoy salió de la nada, superándole por la derecha, fundiéndose con el paisaje, apenas sin emitir sonido alguno. Lo que más encogía a León era su presencia, casi como si estuviera vivo, mientras vagón tras vagón le sobrepasaban. Una vez la vista se acostumbraba al coloso blanco los detalles empezaban a hacerse visibles. Las rendijas aquí y allá, los arañazos y golpes, los avisos que leían ¨Animales vivos¨. Puede que al final sí que estuviera más vivo que mucho de lo que se podía encontrar en la ciudad. León volvía a estar solo en aquella blancura infinita, desapareciendo el tren tan abruptamente como había llegado. 

 

Un hombre le esperaba en la puerta del hospital veterinario del zoológico. 

—Procedimiento habitual, León. Recuerda que es único. Y no le lleves al recinto tú solo como haces siempre, vendrán a por él. He oído que eran depredadores temibles.

León entró para encontrar al adormilado y atado felino. Sonrió. Los animales eran lo único que le hacía continuar en un mundo demasiado humano; le recordaban a las historias de su abuelo. Por eso se había hecho veterinario, para poder verlos él mismo. La entrada para entrar a un zoológico era uno de los mayores lujos que existía.

Estuvo trabajando toda la noche, aislado del mundo exterior. Y para cuando vinieron a recogerlo, el león ya estaba en su recinto. Definitivamente, León se había vuelto muy olvidadizo.

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