Debí echar a correr en cuanto escuché el sonido del motor.

Parecía una mañana normal y yo había salido a nadar un rato en el mar. Valía la pena madrugar tanto para encontrarte la playa desierta, sentir la brisa tranquila y no escuchar nada más que el relajante sonido de las olas y el piar de los pájaros que sobrevolaban la costa. Cuando salí del agua en busca de mi toalla fue cuando escuché aquel sonido. Deduje que sería alguien que pasaba en moto cerca de allí. No podía estar más equivocado.

Lo primero que vi fue un morro gigantesco, como si se me fuera a tragar. Era una gran superficie metálica pintada de blanco y se podían apreciar las juntas de las placas. Al momento, dos focos me iluminaron, haciéndome olvidar mis intenciones de secarme el pelo.

El morro viró al acercarse y pude observar el cuerpo alargado del vehículo. Una de sus alas se inclinó hacia arriba y su sombra oscureció por completo el Sol. La punta de la otra ala sobresalía por debajo. Estaba claro que era un avión. Flotando ante mí tenía un avión.

Era absurdo, pero ¿qué otra cosa podía ser? Aunque fuera más anguloso que un avión, debía ser un avión. Aunque no tuviera hélices sino reactores que echaban chispas, debía ser un avión. Aunque sobrevolase sobre mí y pudiera ver una compuerta redonda en la parte de abajo, debía ser un avión.

Solo que no era un avión, porque esa compuerta se abrió y una fuerza repentina comenzó a succionarme hacia ella.

La playa se fue haciendo pequeña. Mi mochila, mi toalla, las olas y la ciudad, todo se fue alejando de mí mientras yo intentaba en vano salirme de esa corriente vertical.

Cuando llegué arriba, estaba encerrado en un cubículo de cristal que comenzó a moverse. Me condujo por un pasillo hasta una puerta que daba a una amplia sala llena de otros cubículos de cristal.

El rugido de un león me hizo pegar un salto del susto. A mi lado había uno león de verdad, de carne y hueso, dando vueltas en su propio cubículo de cristal. Enfrente tenía otro cubículo donde graznaba un loro. Mas allá había otros animales y no solo eso, también había objetos de lo mas variopintos: desde una roca hasta una fotocopiadora rota, pasando por una pila de revistas.

La puerta volvió a abrirse y pude observar una figura que se acercaba.

—¡Socorro, sáqueme de aquí! —le grité—. ¡Debe de haber habido un error!

En mi mente seguía negándome a creer lo que estaba sucediendo. Ni siquiera cuando aquel ser hecho de tentáculos pasó ante mí sin hacerme ningún caso.

Ahora ya he asumido que hemos abandonado la Tierra. No sé muy bien cuánto tiempo ha pasado. Me pregunto si estos seres conocerán nuestras necesidades vitales o, por el contrario, nos dejarán morir aquí.

Cansado de gritar, me hago un ovillo contra el suelo. Solo puedo esperar.

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