La familia Rawson consiguió llegar a casa a pesar de estar empapados y sin ninguna de sus pertenencias. 

Habían decidido pasar las vacaciones de verano en California, y Claire y Garret pensaron que lo mejor sería quedarse en el caserón de la familia, así, Abby disfrutaría fuera de la ciudad. 

La familia escogió su mejor coche. Un monovolumen blanco con cristales tintados que rodaba ante cualquier circunstancia. Subía las cuestas más estrepitosas del camino, pero de repente comenzó una gran tormenta  que provocó que las grandes ruedas patinaran en las curvas y empezó a dar tirones hasta dejar de funcionar.  

Por ello, decidieron bajar a toda prisa hasta llegar a casa y ponerse a salvo, pero no sin antes coger el león de Abby que siempre le acompañaba.  

No tenían nada. Tan solo una casa exorbitante con diez habitaciones lúgubres y cochambrosas en las que elegir dónde dormir hasta la mañana siguiente y poder volver al coche a recoger todo lo que necesitaban.

Abby, asustada, miraba a su alrededor apretujando a su león como si este fuese a salir corriendo.

—Mamá, tengo miedo. ¿Crees que Tom tiene miedo?

—Cariño, no te preocupes, sólo es una tormenta y la casa está un poco desordenada. Tom está muy contento, ¿no lo ves?

La niña miró la cara de su león y tenía esa sonrisa de oreja a oreja que llevaba bordada en su rostro.

—Tom está contigo, Abby. Ahora sólo tenéis que elegir una habitación donde dormir y mañana por la mañana convertiremos la casa en un lugar fantástico. Te va a encantar estar aquí.

Garret y Claire ayudaron a Abby y su león Tom a elegir una habitación y a dejarla arreglada para que la niña pudiera estar más tranquila. Y entre estruendo y estruendo dejado por la tormenta, Abby quedó dormida profundamente abrazando a su peluche.

A medianoche, la niña se despertó a causa de la luz que entraba desde su ventana y al mirar a sus manos, Tom no estaba.

Abby se levantó corriendo y miró debajo de la cama, pero no hubo suerte.

—¡Tom se ha escapado! – gritó.

Pero nadie la escuchó, y conteniendo sus lágrimas, abrió la puerta lentamente dejando que se escuchara el rechinar del tirador. Al mirar a su alrededor no vio nada, tan solo podía ver destellos a causa de la tormenta y en uno de ellos consiguió ver una sombra gigantesca al final del gran pasillo.

Abby quedó totalmente paralizada.

—¿Mamá? – dijo con voz entrecortada.

De repente, con otro destello, se pudo ver tan solo un segundo una figura de ser humano enorme con una sonrisa bordada en su cara de la que le goteaba sangre a borbotones.

Se hizo la oscuridad de nuevo y se escuchó un bramido explosivo y unos pasos que iban cogiendo velocidad acercándose a Abby cada vez más y más.

Lo último que se pudo escuchar en esa casa fue un alarido lleno de temor y, finalmente, se hizo el silencio y la tormenta acabó.


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