No todos los silencios son iguales. Lo sé porque desde que nací el silencio es lo único que oigo. Nunca había sentido uno tan profundo como este, el que precede a una batalla. Encierra tanto miedo que el mundo contiene la respiración. Yo también permanezco inmóvil, aferrada a la katana con unas manos que no reconozco. Una vida dedicadas a luchar contra la muerte y hoy han cambiado de bando, dispuestas a matar. Ya no soy médico. Mi vida, como la de las demás mujeres de la aldea, ya no me pertenece. No importa quienes éramos sino lo que debemos ser aquí y ahora. Hace años que los hombres se fueron para luchar contra el levantamiento del General Yakimura, que no tuvo piedad con los perdedores. Ahora sólo las mujeres que dejaron atrás nos interponemos entre Yakimura y nuestros hijos, escondidos en un cobertizo.

Ojalá algún kami benévolo detenga lo que está a punto de comenzar. El suelo ruge bajo mis pies cuando la caballería enemiga inicia su carga. Mi plegaria no ha sido atendida. Gritamos con rabia, alzando nuestra furia en una sola voz que no oigo pero que resuena por todo mi cuerpo. Gritamos para alejar el temor y la duda, para anunciar que lucharemos hasta el final.

Sus caballos arrollan nuestra primera línea y estalla el caos. Mis brazos ya no me pertenecen, solo atienden a la urgencia de sobrevivir. Rebano la pata de un caballo que cae desmontando a su jinete. Corro para llegar antes de que se incorpore y hundo la katana en su rostro. Por primera vez no he perdido una vida, la he arrebatado. La visión de tanta muerte a mi alrededor, el olor a sangre y vísceras, hacen que agradezca no poder escuchar los gritos y las súplicas.

Sigo moviéndome, parando y lanzando golpes. Oculto tras las fauces abiertas de un dragón esculpidas en su mempo, veo a Yakimura avanzar sobre su bestia negra, ajeno a nuestra lucha. Ni siquiera nos mira. Somos exactamente lo que esperaba encontrar, un puñado de mujeres intentado detener lo imparable. A él solo le interesan nuestros niños. Encontrar al pequeño con un ojo de cada color que un yokai auguró que acabaría con su imperio, y llevarse a los demás como esclavos. No confía en nadie así que él mismo los revisará, como hace siempre.

El cansancio me traiciona y no detengo el tantō que me desgarra el muslo. Sé que la herida es mala, pero todavía no puedo rendirme. Yakimura abre la puerta del cobertizo y la fuerza y la luz de la explosión me golpean. Naomi, no podría estar más orgullosa. La pequeña con un ojo de sol y otro de luna, mi hija. Sabía que tu mano no dudaría. Tú también lo sabías, me lo dijiste en tu nota, la que llevo bajo el do pegada a mi corazón: “Cuando has nacido marcada por el destino, no puedes huir de tu responsabilidad”. Por fin puedo dejar de luchar y abrazarte de nuevo.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Wolfdux @Wolfdux fa 2 anys

    Me ha gustado el trasfondo que has elegido. Enhorabuena.

  • Raquel Valle @ValleS fa 2 anys

    Muchas gracias! Nunca había escrito nada así y decidí probar, así que me alegro mucho de que te haya gustado :)


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