<<¿Porqué hace tanto frio>> Pienso para mis adentros al salir por la puerta de casa y ver el cielo densamente nublado. Hoy hace un día especialmente frío, acompañado por las nubes que hace meses que tenemos y que no nos han dejado ni saborear la luz del sol, ni la de una pizca de agua. La tierra en la estepa se muere, ni tan solo hay para que pasturen los Elefantes Lanudos.

Por eso creo que voy a mudarme al Sur con mi hijo, ahora que ya no tenemos ataduras a este pueblo perdido, des de que su madre murió y yo me quedé solo con él. Viajar a climas más templados y lluviosos, y también ver un poco de mundo; a Sabodell o a Mains Rod, la capital religiosa.

Pero para asegurarme de que hago bien, tengo que hablar con el sacerdote del pueblo, la persona más sabia, y más influyente, de toda la zona; él sabrá que es lo mejor. El pueblo no es muy grande, y ya des de mi casa pequeña casa se pueden ver las puntas de las dos pirámides superpuestas que conforman el templo. Una más achatada y regular que forma la nave, y otra más alargada y de base más pequeña que sirve de hogar del sacerdote y de campanario. Ya de por si resulta asombrosa con tan solo dos pirámides, cuando en las ciudades hay templos grandiosos formados por grandes pirámides unidas unas entre otras.

Ya des de la gran puerta redonda puedo ver al sacerdote medio arrodillado en frente de la gran estatua en honor a Meal, diosa de los Animales.

—En seguida estoy contigo, hijo —dice levantando un brazo a la vez que el resto de su cuerpo, susurra unas palabras en voz baja inclinándose un momento hacia delante y se gira para mirarme—. Dime, Lano, ¿que quieres?

Bajo el escalón para acercarme más a él.

—Vengo en busca de su sabiduría y amabilidad para que me aconseje sobre un tema, si es posible.

—¡Has venido al lugar indicado! —aclara, situándose en medio del gran símbolo octogonal de los dioses tallado al suelo de piedra del templo, levantando los brazos—. Acercate, y dime que dilema tienes, y yo te daré el consejo más indicado para tu problema. Pero primero, abraza a tu viejo sacerdote.

Le doy un fuerte abrazo sonriendo, y me aparto para verle entero.

—Como ya sabes, hace ya tiempo que ni Megua (dios del agua), ni Meter (diosa de la tierra y la fertilidad), no nos quieren ni nos favorecen con sus dones.

—Así, es, y ni tan solo Mesol (dios del sol). Pero sabes que esto siempre es por alguna razón, ya se seguramente quieren darnos alguna lección sobre austeridad.

—Todo esto me parece muy bien, pero necesito poder cultivar para vivir, para alimentarme a mi y a mi hijo y para poder pagar los impuestos, y con la tierra muerta como esta ahora no voy a durar mucho más. Creo que me voy a trasladar al sur, donde el clima es más templado y la vida más fácil.

El viejo calvo hombre agacha la cabeza y la aparta sutilmente para mirar la gran estatua.

—Entiendo lo que me quieres decir —se rasca con la mano izquierda su blanca perilla mirando pensativamente al suelo durante un largo rato—. ¿Sabes lo que vamos a hacer? Vamos a hacer una plegaria a los dioses para que nos inspiren para encontrar una solución al problema —dice rápidamente sin esperar una respuesta por mi parte.

Me coge del brazo a la vez que se arrodilla, esto me obliga a seguirle en su movimiento descendente al suelo.

Los dos, arrodillados, entrecruzamos los brazos y dirigimos nuestros cuerpos hacia la estatua cerrando los ojos. El viejo empieza a hablar, rezando a todos los dioses para asegurar que nuestras peticiones se cumplirán, de algún modo u otro:

—Te rezamos a ti, gran Mer Es, dios del Caos y la Nada, y a tus hijos Camps y Bala, quienes crearon el Universo e iniciaron el Tiempo. A Mesu, dios de los muertos y el Balmaron, su reino. A Mera, diosa del Aire y madre de Maeal, gobernanta del mundo animal. Un rezo para Mepla, diosa de las plantas que crecen libremente por el mundo, y a Gentu, que con los cuatro elementos creó a los humanos y salvó el Sistema Solar con la forja del Gran Escudo. A Megua y a Mesol, dioses del Agua y el Sol. A Mar, diosa del hogar y progenitora de la tercera generación. Un rezo para Meol, dios de la fiesta y la embriaguez, a Melun, dios constructor de la Luna, a Meca, aquella que camina sin parar, creando los caminos que están por descubrir. A los gemelos Meba y Mebe, dioses de las bellezas. A Merg y Meup, en eterna rivalidad, por la paz y la guerra. Y a Meter, la que enseño a la humanidad a cultivar y domesticar las plantas que crecen libremente. A Melp, que nos ayuda a recolectar el alimento que crece de nuestra tierra. Y también a Meb, dios portador del vino. A Memor, diosa del Amor y aquella que con su lazo atrapa a los enamorados. Y un rezo para Mesa, aquella que sabe y escribe, y para Mevi y Memo, aquellos que insuflan la vida y la recogen cuando ha llegado a su final. —Hace una pausa para coger aire, pues normalmente se reza a un solo dios o a un grupo de ellos, no a todos; y prosigue con el final—. Os rezamos a todos y cada uno de vosotros, aquellos que viven en el Balmaron, dioses que reinan el Universo, que hacen que los planetas giren alrededor del Sol y mantienen el Mal encerrado en la Isla Negra; para que nos ayudáis a resolver nuestra gran duda y acabéis con nuestra desdicha.

Al acabar se hace el silencio. Un silencio que se hace eterno, pero que tan solo dura unos segundos. Abro los ojos y veo la imponente estatua que se levanta en frente de mí. A mi lado veo al sacerdote aún con los ojos cerrados y los brazos entrecruzados. Antes que pueda hacer nada, abre los ojos y me mira con los ojos en blanco.

—Si no llueve en los próximos tres días, debes marchar, si aun así decides quedarte, nunca más podrás marchar de tu pueblo y te quedaras atrapado en este pueblo hasta el día de tu muerte. —Abro la boca para replicar pero él me interrumpe para seguir con su predicción—. Pero si por lo contrario, llueve, deberás empezar a cultivar en cuanto pare y al recolectar, marchar para siempre; o la tierra volverá a morir, y esta vez para siempre. Así lo dicen los dioses, y así se hará.

Sus ojos vuelven a su estado de siempre y se levanta, me alarga el brazo para ayudarme. Lo rechazo levantándome solo y limpiándome los pantalones le digo lo que pienso sobre su predicción:

—Verá, creo que voy a marchar quiera usted o no, o los dioses, que lo haga, esto me ha parecido una perdida de tiempo, nunca he creído en los dioses, solo creía en usted.

Sin esperar respuesta alguna me voy del piramidal templo. Nunca se ha hecho nada des del Templo en contra de aquellos que no creen, pero si que se les tiene un cierto desprecio de parte del pueblo, y ahora que he revelado mis pensamientos al sacerdote creo que tengo que marchar sin demora.

Al llegar a casa le grito a mi hijo que recoja sus cosas y las prepare para marchar del pueblo durante una larga temporada. Por mi parte, relleno mis alforjas y las cargo a lomos de mi caballo, Realis. Ro viene corriendo con el fardo lleno de sus cosas y lo subo a Realis, no hay tiempo que perder. Por precaución recojo el tenedor colgado de la puerta de casa, que se pone como símbolo de compasión hacia Melun, que no pudo acabar la Luna porque su tenedor se cayó a la tierra y se perdió, y des de entonces vaga por la tierra como un peregrino, buscándola. No es su simbolismo lo que me importa, pero era de mi querida Elizanda y siempre me ha reconfortado.

Subo al caballo y salimos a toda prisa del pueblo.

A unos tres kilómetros me giro para mirar el lugar que ha sido mi hogar des de que tengo memoria, y que no lo será nunca más. Ro pregunta cuando volveremos, y tengo que responder, que será algún día, cuando él sea mayor.

Justo en ese momento algo húmedo me golpea la mano con la que cojo las riendas. Lo miro un momento y lo entiendo. Levanto la cabeza y una gota impacta contra mi mejilla. Me la intento secar con una mano y hago girar el caballo para continuar nuestro viaje a medida que la lluvia se va intensificando.

Así lo han querido los dioses.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.