La luna emitía un suave brillo que, junto a las estrellas, permitía que la oscuridad no fuese completa. El último estertor del verano mantenía la temperatura agradable, perfecta para estar al aire libre. Un augurio de buena suerte.

O eso pensó Kael mientras desmontaba, imaginando que era Ashlyn quién le decía esas palabras. Después de todo era ella quién creía en la antigua Religión Olvidada. Oficialmente no estaba prohibida pero solo porque todo el mundo lo veía como un antiguo mito. Incluso el joven príncipe Kael creía que era un cuento, hasta que se dio de bruces con la verdad el día que intentaron asesinarle.

Dejó su caballo y se alejó hasta el punto de encuentro acordado. La curva del río en la que habían vivido los mejores momentos de su relación y también uno de los peores. Solo que ya no era un río. Allí donde antes el agua corría libremente no quedaba más que un agujero muerto atravesando la tierra. La escasez de agua también había acabado con la hierba. Sus restos secos crujieron bajo las botas de Kael a medida que andaba y el polvo se pegaba a sus suelas.

Pronto divisó a dos figuras que se acercaban. Una era más alta y ancha de hombros que la que caminaba a su lado. La más pequeña llevaba un bulto en brazos, que se empezó a agitar como si presintiera el nerviosismo de su madre por ver al hombre que amaba.

—¡Has venido! —exclamó cuando Kael corrió a su encuentro.

—Por supuesto —respondió él dejando un rápido beso en sus labios. Se inclinó hacia el bebé envuelto en telas al que no veía desde la noche de su nacimiento, seis meses antes—. ¿Puedo? —preguntó con la mano en alto a medio camino de descubrir el rostro de su hijo.

Ashlyn asintió ilusionada porque se interesase por el niño. Sabía que le quería. Los quería a ambos. Según la tradición, si el bebé era un niño tenía derecho a llevárselo y criarlo como su siguiente heredero. En cambio, una niña no le servía de nada porque no podía reinar, así que la madre podía quedársela. La noche del parto, con su bebé en brazos por primera y única vez, Kael había decretado que se trataba de una niña y se marchó sin mirar atrás para protegerlos.

Le costó contener los nervios mientras él apartaba la mantita con una mano temblorosa. Escrutó expectante su expresión, que pasó por una amplia gama de emociones en unos pocos segundos.

—Es perfecto —susurró emocionado sin atreverse a tocar al pequeño.

Una manita regordeta se movió entre las telas, abriéndose paso hacia la noche. Sus deditos rozaron la mano de Kael y tanteó en su dirección, buscando esa fuente de calor que no conocía.

—Lo es —coincidió sonriendo—. Es muy bueno. Solo da guerra por el día, por la noche se queda tranquilo. Le gusta mirar las estrellas. Mira.

Los ojos azules del bebé estaban fijos en el cielo sobre ellos a pesar de que había cerrado la mano en torno a un dedo de Kael. Él sonrió de oreja a oreja, con tantas ganas que su rostro casi no pudo contener esa sonrisa. Estaba tan contento por volver a verles que no podía ni quería disimularlo.

—¿Quieres cogerle? —ofreció Ashlyn.

—¿Me dejas? ¿De verdad?

Ashlyn acomodó mejor al bebé para pasárselo, pero unos carraspeos les interrumpieron antes de que pudiera dejarlo en sus brazos.

—Perdonad chicos —se disculpó el hombre que había venido con Ashlyn. Se había quedado algo apartado mientras se reencontraban y no le habían oído acercarse—. Siento interrumpir, pero deberíais empezar a prepararos. La medianoche está cerca.

—Sí papá —asintió la chica y se acercó con su bebé al cauce seco del río, dejándoles atrás.

—No te preocupes, Kael. Tendréis mucho tiempo para estar juntos —le consoló el padre de Ashlyn porque se quedó muy abatido.

—Ya lo sé, Reese. Es solo que estoy harto de esperar.

—Estás haciendo lo correcto.

Sus palabras fueron un pequeño consuelo para el príncipe. Había crecido en un castillo donde solo tenía que abrir la boca para tener lo que quisiera. No era muy paciente cuando se topó con Ashlyn y su padre. Cuando conoció a Ashlyn era un príncipe comprometido con su reino. Iba a casarse porque era su deber para asegurar la paz. Entonces llegó el intento de asesinato y todo cambió. Ya no era el mismo que sobrevivió en el bosque con ayuda de la suerte y de las personas que le encontraron por casualidad.

Desde donde estaba observó cómo Ashlyn se preparaba para el ritual. Arrodillada, de entre sus ropas había sacado un pequeño odre que sostuvo sobre la cabeza de su hijo. Lo volcó con mucho cuidado para que algunas gotas de agua, el primer Elemento, cayeran sobre la cabeza del pequeño. No podía oír lo que decía, pero sí que veía como se movía su brazo señalando el cielo. A las estrellas, otro de los Elementos naturales que veneraba.

—Reese, sé que esto es importante para Ashlyn pero no tengo ni idea de lo que se supone que tengo que hacer —confesó desviando la vista de ellos para centrarse en su suegro—. No son mis creencias. Ashlyn me ha contado algunas historias pero no sé nada más. —Era católico, como todo el reino. No tenía ni idea de que existiera otra posibilidad hasta que les conoció.

—Estuviste en nuestro festival.

—La mejor fiesta de mi vida.

—Solo tienes que ser sincero —dijo apoyando una mano en su hombro—. El ritual es muy sencillo. Los padres presentan su hijo a la Naturaleza para que vele por él. Los Elementos te lo concederán si se lo pides amablemente.

Kael no se quedó más tranquilo por esa explicación. Se sentía tan nervioso como el que se enfrente a un nuevo desafío. Reese notó sus nervios y recurrió al mismo recurso que su hija utilizaba con él, contarle una historia. Eligió el momento en que celebró este mismo ritual cuando su hija cumplió seis meses, aunque él tuvo que hacerlo solo porque su mujer murió durante el parto de Ashlyn.

Cuando llegó su turno, Kael eligió otro punto del río distinto al de Ashlyn. Se arrodilló y restregó las manos por el suelo, dejando que la tierra seca se pegase por todas partes. Luego utilizó el odre para mojarse las yemas de los dedos y se restregó el barro por la frente. Cerró los ojos para honrar a las estrellas y susurró sus plegarias.

—Felicidad para mi familia. Que mi hijo crezca fuerte y sano. Que mi pueblo sobreviva a este invierno. Que llueva para que puedan sobrevivir. —Tenía una petición más pero esa no la hizo en voz alta. "Que mi padre lo entienda", pensó porque no pensaba alejarse de ellos otra vez. Había hablado con su padre, el rey, para que supiera no volvería solo. No le importaba que fuese un escándalo, pero quería mostrar al mundo que estaba casado y tenía una familia. No le importaba que su mujer no fuese de sangre real. Y además confiaba en que su padre estuviera demasiado ocupado con la sequía como para enfadarse demasiado.

Repitió la plegaria varias veces, hasta que le pareció que ya era suficiente. Se levantó y fue a reunirse con Ashlyn y su padre, que ya habían preparado el último Elemento. Fuego. La hoguera crepitaba con llamas altas con un resplandor rojizo.

—¿Preparados? —preguntó Reese, ya metido en su papel oficial de líder de su pequeña comunidad.

Los dos asintieron y escucharon atentamente mientras cumplía su parte recitando unos versos antiguos que a Kael no le sonaban de nada. Por lo que le habían contado, esta ceremonia no se podía celebrar hasta que el bebé cumplía seis meses. Muchos niños morían durante sus primeras semanas de vida, por eso el plazo de varios meses se consideraba seguro para poder afirmar que el bebé viviría. Decían que contaba con la aprobación de los Elementos, que éstos lo respaldaban.

—¿Habéis elegido un nombre?

—Yo tengo uno —anunció Ashlyn con timidez. No había podido hablarlo con Kael, por lo que primero le miró para saber si le parecía bien. Él asintió haciéndole una carantoña al bebé, que no paraba de observar todo nervioso, intuyendo que algo pasaba—. Ayden.

—Ayden —repitió Kael y acercó la mano al pequeño, que volvió a envolver uno de sus dedos con su manita—. Me gusta y parece que a él también.

—Ayden —asintió Reese dando su conformidad. Cogió un puñado de cenizas de la hoguera con cuidado de no quemarse y manchó las mejillas del niño para finalizar el ritual—. Ya eres uno de nosotros, Ayden. –Le dio un beso asegurándose de rascarle un poco con la barba, despidiéndose de Kael y Ashlyn de la misma forma, dejándoles a solas para que recuperasen el tiempo perdido antes de iniciar su nueva vida en el castillo como una familia unida.

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