Una lágrima silenciosa se deslizó por la mejilla de Seevi, cayendo sobre la frente del bebé que llevaba en brazos. El impacto de aquella gota despertó al pequeño, que la miró con unos brillantes ojos oscuros, idénticos a los de ella, y sonrió. El dolor que atenazaba el corazón de la joven madre se acentuaba por momentos. «No puedo hacerlo», se dijo por enésima vez. Sin embargo, sus pies siguieron andando, avanzando lentamente hacia el Manantial, junto al que se había levantado el altar. La voz de la Hermana Mayor resonó de nuevo en su mente, más profunda e inflexible que nunca:

—Es tu deber. No hay otro modo. Piensa en tus hijos mayores. ¿Acaso prefieres que todos ellos mueran?

—Pero no estamos seguros de que vaya a funcionar. ¿Y si hemos malinterpretado la voluntad de los dioses? —había respondido ella con el rostro desencajado, suplicante.

—La Voz ha hablado —sentenció la Hermana, dándole la espalda.

La Voz de los Dioses. Su esposo. El padre de su hijo. El único capaz de ver aquello que había de suceder y, por tanto, de guiar al pueblo en su deber de servir a la Madre y al Padre. Un don que se había transmitido de generación en generación desde el principio de los tiempos. En el pasado, pertenecer a la familia de la Voz se consideraba el mayor de los honores, pero hacía años que la gente había dejado de rezar. Las antiguas costumbres se habían ido abandonando y el pueblo, viendo satisfechas todas sus necesidades y caprichos, se había olvidado de los dioses. La familia de sacerdotes se había convertido en poco más que una reliquia, un anacronismo del que muchos se burlaban.

Entonces, un buen día, apareció la línea verde. Un horizonte de verdín de apenas unos milímetros de amplitud bordeaba la fuente de piedra que contenía el Manantial. Se realizaron varias medidas de profundidad, pero todas confirmaron lo evidente: el nivel había bajado. Por primera vez en la historia de su pueblo el agua había dejado de brotar del suelo que sus antepasados consideraron sagrado. La preocupación pronto derivó en miedo y el miedo en pánico, pues la fuente no dejaba de vaciarse y el agua no daba signos de volver a manar. El Primer Árbol, la criatura viva más antigua que aquellas gentes conocían y que brotaba directamente del borde de la fuente, empezó a marchitarse. Los canales que llevaban el preciado líquido hasta los campos se secaron y las cosechas no tardaron en perecer.

Desesperados, los descreídos ciudadanos acudían ahora a casa de la Voz en busca de una explicación, de alguna solución milagrosa, pero por más que su marido se esforzaba no era capaz de ver el futuro. Los dioses no respondían a sus plegarias. Finalmente, tras pasar tres noches en vela, sentado en silencio con la vista puesta en el Manantial, su marido se había levantado y había ido a buscarla. Su mirada sombría la acongojó más que la amenaza de la creciente sequía. Instintivamente, se llevó las manos al abultado vientre, buscando la reconfortante presión de los movimientos de su criatura.

—He tenido una visión —murmuró con la voz cargada de pesar—: el manantial volvía a llenarse y la vida regresaba a nuestros campos. Y he visto el precio. —Su marido calló por un momento, tratando de encontrar el modo menos cruel de poner en palabras lo que pasaba por su mente—. Los dioses exigen la sangre de nuestro hijo menor, el que ha de nacer.

—No. —Seevi no daba crédito a sus palabras. Sentía como si un hachazo despiadado hubiese partido en dos su corazón—. No puede ser. ¿Por qué? ¿Por qué nos pedirían nuestros Padres un sacrificio semejante?

—El pueblo los ha decepcionado —explicó el sacerdote mientras ponía las manos sobre sus hombros, en un vano intento por consolarla—. Ha olvidado su poder y se ha reído de sus leyes. Es deber de la familia de la Voz expiar sus pecados.

Los días que precedieron al parto estuvieron empañados por la angustia y la desesperación. Seevi no soportaba pensar que la vida de su hijo estuviese destinada a ser tan corta y a terminar de un modo tan violento y cruel. Las Hermanas de su esposo promulgaron la noticia: la Voz sacrificaría a su nuevo hijo a los dioses para rogar que perdonasen al pueblo y le devolviesen el agua que tan generosamente les habían otorgado en el principio de los tiempos. Aquel anuncio causó una gran conmoción. Las mismas gentes que los habían ignorado y despreciado durante años lloraban ahora por su desgracia y se admiraban de su coraje. Algunos llegaron a pedir que no se les concediese su deseo a los dioses. «Encontraremos otra solución o moriremos todos juntos». Pero la decisión estaba tomada. La vida de uno por la de muchos. Era su deber.

La Voz y sus Hermanas la esperaban junto al altar. Tras depositar al bebé con dedos temblorosos junto al cuchillo ceremonial, Seevi rompió a llorar de nuevo. Sus gemidos lastimeros llenaron la plaza, levantando un murmullo entre los ciudadanos que se habían congregado allí para presenciar la ceremonia y acompañar a los sacerdotes en su dolor. La Voz se adelantó y tomó el cuchillo con decisión. Sus gestos eran firmes, pero su mirada ojerosa e inyectada en sangre delataba un profundo sufrimiento. .Dio la espalda a su hijo para dirigirse al pueblo y exclamó:

—Los dioses han hablado. Por nuestra desobediencia nos castigaron arrebatándonos el agua y, con ella, nuestro sustento. Ahora, el Padre y la Madre exigen nuestro tesoro más preciado: la vida del fruto de nuestras entrañas. ¡Que este holocausto no sea en vano! ¡Que sirva para redimirnos y mostrar nuestra completa sumisión a la voluntad de los dioses!

Dicho esto, el sacerdote se volvió y alzó lentamente el cuchillo sobre su hijo, que lo miraba con ojos curiosos e inocentes. Los gritos de angustia de Seevi, a quien las Hermanas trataban de tranquilizar, se agudizaron. La Voz inspiró profundamente y se disponía a bajar el arma cuando un inesperado estruendo sobresaltó a todos los allí presentes. Un rayo había caído sobre el Primer Árbol, cuya madera reseca crujió al partirse y empezó a arder. Los que estaban más cerca se apartaron, temerosos.

Entonces ocurrió el milagro. Una gota de agua fresca cayó sobre la frente de Seevi, bañándola igual que antes lo habían hecho sus propias lágrimas con la de su pequeño. La mujer, con las mejillas enrojecidas por el llanto, levantó la vista hacia el cielo, confusa. Dos gotas más impactaron sobre su rostro, una en la mejilla y otra en los labios. Pronto, cientos, miles de gotas empezaron a desprenderse de lo alto, empapando al pueblo que no daba crédito a lo que veían sus ojos. En sus miles de años de historia, jamás había ocurrido algo como aquello. Estaba escrito que el agua surgía de la tierra, como un regalo que los Padres de todos, que habitaban en las profundidades del mundo, habían tenido a bien ofrecer a sus hijos para que pudiesen subsistir. Nunca habían visto caer agua del cielo.

Tras unos segundos de muda estupefacción, la Voz bajó la mirada al niño que yacía sobre el altar regocijándose con el cosquilleo que aquella extraña maravilla producía sobre su piel, y cayó de rodillas, levantando los brazos en alabanza.

—¡Benditos sean el Padre y la Madre, que al vernos dispuestos a ofrecerles a nuestro propio hijo se han apiadado de nosotros! ¡Oíd mis palabras, porque son la Voz de los Dioses! A partir de este día, el agua de la vida no volverá a brotar del suelo, sino que manará de los cielos, como un recordatorio del poder absoluto de los dioses, que no se limita a la tierra que pisamos, sino que se extiende hasta el manto que nos cubre. Demos gracias a los dioses por su bondad y su infinita compasión.

El agua siguió regando aquellas tierras durante tres días, llenando la fuente del Manantial hasta hacerla rebosar. Aquel nuevo fenómeno recibió el nombre de lluvia. Cuando dejó de caer y las nubes dieron paso al sol, un maravilloso arco de colores se desplegó sobre ellos, sellando para siempre el pacto de fidelidad mutua entre las deidades y sus criaturas.

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