Tengo que correr. Tengo que llegar. Tengo que decírselo. Mis piernas no aguantan el ritmo, no sé por qué me he pasado los últimos días matándome en el gimnasio si las agujetas me impiden ser más rápida. Tengo que hablar con ella y, al puro estilo de Destino de caballero (o de caballera, o lo que sea), llevármela a casa en brazos. Puede que veamos la película a la hora de comer. O puede que me exija ir a la cama nada más llegar a casa; es una mandona, una cabezota y una metomentodo.

Y la adoro con toda mi alma.

Llevo dando vueltas por este estúpido almacén lo que parecen horas. Su jefa me había dicho que se encontraba aquí, haciendo inventario de las antigüedades que no han podido vender durante los últimos diez años. Desde fuera parece abandonado para que a los curiosos no les dé por fisgonear. Todo está lleno de vasijas chinas, estatuas de querubines y cuadros recién restaurados. Linda se ha pasado horas explicándome cada detalle de las pinceladas que le ha dado a aquel Rembrandt sucio hasta dejarlo como los chorros del oro. No para de hablar de su trabajo: es toda su vida y a mí me encanta escucharla parlotear sin parar.

Tengo la voz ronca de tanto gritar. Mi voz golpea las paredes de latón y bronce. Es imposible que no me haya oído. Sobre todo porque tiene el oído de un labrador entrenado y es capaz de saber cuál es el platito del té que se ha caído al suelo (e incluso en cuántos pedazos se ha partido). Mi entusiasmo se transforma en terror de forma súbita. De repente, el cansancio ha desaparecido y el agobio es el que dirige mis piernas. Me imagino que se le ha caído una estantería encima o una estatua en un equilibrio muy precario.

Qué equivocada estaba. Aquello era mucho peor.

Lo primero que veo es una mano con manicura francesa perfecta. En el suelo. Cubierta de sangre. En un pequeño lapso de tiempo, ya me encuentro con ella para ayudarla a levantarse. Tiene las piernas atadas, el traje de chaqueta roto y las botas de ante desperdigadas por el suelo. Pero un detalle más me hace estar incluso más alerta que antes. Linda lleva la boca tapada con una cinta americana y llora de manera silenciosa.

Lo siguiente que noto es la punta de una pistola en la sien.

«Es Marcos», trata de explicarme con la mirada vidriosa. No hace falta, ya sé que es su exnovio. Seguramente pensará que es un justiciero venido al mundo para llevarse por delante a la puta lesbiana que le ha robado al amor de su vida.

Así que no le digo a Linda que el tratamiento hormonal por fin ha funcionado y que estoy embarazada. No. Es mejor que no lo sepa.

—Te quiero —gesticulo sin hacer ruido.

Cierro los ojos.

Me despido de nuestro hijo.

—¡Alto!

De pronto se escucha un disparo. Y mi cara se cubre de sangre.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Hollking @Hollking fa 6 mesos

    Sabia que no debia leer esto... Tu ya eres buena atrapando al lector con tus escritos, pero... Ponerte como requisito escribir algo para terminarlo en un cliffhanger... ¡Es una tortura!
    ¡Lo ame! ♥ De la misma forma que lo odie. T_T


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