Al principio no le di ninguna importancia. Pensé que se trataba de un juego, nada más.

—¿Que Banjo ha dicho qué? —Levanté la vista para contemplar sus mejillas sonrosadas, sus ojos desorbitados—. ¿Una palabrota?

Bianca asintió.

—Estábamos luchando con Banjo y Kari —movió los brazos como si golpease con algo la cabeza de su hermano— y entonces Banjo dijo «¡Ay, joder!».

—¡Oye, esa lengua! —Fruncí el ceño, enfadado—. ¿Quién te ha enseñado una palabra tan fea?

—¡Banjo! —dijeron los niños al unísono.

Cerré el portátil y me recliné en la silla, desconcertado. Los pequeños, que se habían puesto de puntillas para poder mirarme por encima del escritorio, no paraban de dar saltitos, fuera de sí. Para su frustración, no pude evitar sonreír un poco.

—Pero… Banjo es un peluche. Los peluches no hablan.

—Pues él ha hablado —insistió Santi con seriedad infantil.

Empecé a impacientarme. O bien mis hijos apuntaban maneras como actores o allí estaba pasando algo raro. Fuera como fuese, decidí atajarlo cuanto antes a fin de que me dejasen volver al trabajo.

—Muy bien, ¿dónde está Banjo ahora?

Los niños me cogieron, cada uno de una mano, y tiraron de mí hasta el salón, que presentaba un aspecto caótico. Había juguetes por doquier, las fundas de los sofás estaban arrugadas y mal colocadas y la mesa repleta de dibujos y ceras de colores.

—¿Qué es este desastre? —Recogí un par de galletas mordisqueadas, confiando en que no hubiesen manchado de chocolate la moqueta—. ¿Es que no podéis portaros bien ni cinco minutos?

—Hombre, cinco minutos, igual sí. Pero tres horas es mucho pedir, para unos críos tan pequeños —dijo una voz grave, sobresaltándome hasta el punto de que volví a dejar caer las galletas.

Sobre una de las sillas había un gran conejo de peluche. Sus enormes orejas se desparramaban hasta el suelo. Llevaba un pañuelo amarillo al cuello y una especie de banjo en las manos. De ahí su nombre. Para mi estupor, el juguete se bajó de la silla y se acercó dando saltitos.

—Yo hago lo que puedo, pero no estoy hecho para sustituir a un padre. Deberías pasar más tiempo con ellos. —Parpadeó un par de veces. Sus pupilas de plástico saltaban de los niños a mí, como si nos evaluase—. Bueno, ¿qué me dices? —inquirió mientras me tendía su instrumento—. ¿Estás preparado para asumir tu responsabilidad?

—Su… supongo. —Cogí el instrumento con manos temblorosas. Los niños contemplaban la escena atónitos y, a la vez, extrañamente felices—. Lo… lo intentaré.

Banjo suspiró con resignación.

—Más te vale.

Y se fue de casa brincando, como si nada. Así que al día siguiente mandé a los niños a un internado y tiré todos sus juguetes. A mí nadie me dice cómo tengo que hacer las cosas.

Comentarios
  • 4 comentarios
  • Buenas, María. Pues ahora tras tu valoración de mi comentario ya me queda más clara la escena esa de pelear con los peluches, yo me había imaginado que los estaban manejando como si de marionetas se tratara para hacerlos pelear entre ellos. :)

  • Hola María, soy el del comentario negativo. Voy a ampliarlo un poco, aunque no te explique mucho más, y espero que no te sepa mal mi poca ampliación y diría que tal vez entiendo tu cabreo por mi comentario inicial. Todos calmados plis. Procuraré, eso si, seguir tus consejos y ser más extenso en una nueva ocasión. Bien, dicho esto, sigo. No me gusta el final y eso entorpece que me guste el resto del relato, que está bien narrado, bien pautado en fin todo bien, y eso lo comenté y expliqué. Pero del relato no entiendo la respuesta final del adulto, (la adulta). Un final sorpresa necesita una pauta anterior que nos avise del carácter que muestra en su último comentario, y no lo veo. Si quiere ser un comentario que demuestre que no es una persona con valores de crecimiento, que es orgulloso y pedante, en el resto del relato no sale. Y de eso me quejo, el final no lo encontré coherente con lo leído ni con el título del relato (de un consejo se espera que aprendas algo), lo encontré frio y distante, porque no muestra sentimientos consecuentes con la historia narrada. Creo que hay que preparar al lector, sin dárselo masticado, el final que nos encontramos y pensar... "Ahora entiendo aquello que ha dicho antes". Y con varias lecturas no lo he visto por ningún lado. A no ser que el carácter díscolo de sus hijos sea la consecuencia, que tampoco quedaría explicado en esta historia.
    Bueno, pues disculpa el mal rato. Todos queremos aprender y cada mes es un reto. Besos.

  • Jon Artaza @Jon_Artaza fa 6 mesos

    Es interesante lo que haces, construyes una historia "mágica", clásica, un poco Disney, para poder cargártela con la transgresión del final. A mi me gustó aunque es cierto, que a esa altura del relato la historia parece cerrada (bien cerrada) y seguramente puede parecer contraproducente "reabrirla y volverla a cerrar" de un modo tan distinto. Es raro, es como si hubieses pintado un cuadro clásico, y cuando el espectador lo admira, dice lo bonito que es y lo mucho que le ha llegado, le tiras un cubo de pintura y le gritas al que mira "¡Pringao!! ¡qué es una ñoñez!!". Como performance no tiene precio XD.
    A mi personalmente me ha hecho gracia que te autoprofanes el cuento, y también me gustó el cuento hasta llegar ahí, pero seguramente es la solución menos "comercial". Temerario y valiente a la vez. Aplausos.

  • L_Goimil @L_Goimil fa 18 dies

    Pues a mí me encanta lo que has hecho aquí, me parece bastante más creíble que si el padre hubiese decidido cambiar de modo de vida después de que un conejo de peluche le lea la cartilla. Todos son buenas promesas cuando te llevas el susto, pero los malos hábitos cuesta dejarlos, si esperamos otra cosa es porque estamos TAN acostumbrados a Disney y derivados que por defecto todo tiene que acabar bien y maravilloso. PUES NO. Y me mola, me he reído con el desplante final, sobre todo porque no te lo esperas.


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