Al principio no quería ir; pero si deseaba vender la casa tendría que vaciarla primero. Hacía casi treinta años que no la pisaba; ellos ya habían muerto, mi madre la última.

Cuando abrí una caja y el objeto cayó sobre la mesa me sobrecogí. No lo reconocía o, mejor, me negaba a reconocerlo: un broche infantil de unos cinco centímetros con forma de bailarín; flaco, con traje plisado de largas mangas y pantalones de bocamangas y botamangas muy amplias. Tenía una perla por cabeza y un gorro también plisado.

─¡Has vuelto! ─ Dio una cabriola para reforzar sus palabras─, has vuelto...

¿Por qué no me sorprendió que hablara? Al fin de cuentas era solo un muñeco de metal, un adorno, ni siquiera un juguete.

─¡Reconócelo... me extrañabas! ─ Y se echó a reír con su grotesca boca pintada─, te gustaba.

Un puño invisible me apretó la yugalar dejándome sin sangre.

─No...no...no ─ Manoteé desesperada sin voz─, lo detestaba, era abominable ¡Abominable! ─articulé al fin.

─Pero callaste ─ Brincó tres veces sin que el alto sombrero se le resbalara.

─Estaba confundida.

─¡Ah! ─ Se carcajeó─, las palabras de amor...

De repente vomité, un vómito compulsivo, histérico imposible de reprimir.

─¡Pavadas! ─ Guiñó procazmente los ojos─, te encantaba ser la “más amada”, la visitada.

─Me aterraba, lloraba, rogaba, trataba de escondeme ─sollocé ─...inutilmente.

─Pero no se lo contaste a nadie ─ De entre sus negros labios sacó un lengua perversamente roja─, no dijiste nada.

─Y ¿quién me hubiese escuchado?, ¿mi madre...? ─ Esta vez le escupí yo mi risa amarga.

Una risa negra, profunda que arrancaba de mis entrañas desgarradas.

─¡Huíste! ─me acusó con un dedo esquelético brotado de la manga de un muñeco sin manos─, ¿a un lugar mejor acaso? ─ironizó.

─¡El mismísimo infierno hubiese sido mejor que permanecer en tu casa!

Arrebatada por una furia que se liberaba por primera vez después de tantos años, agarré lo primero que me vino en mano y aporreé al fantoche con todas mis fuerzas hasta aniquilarlo. Cuando reventó la perla tuve un recuerdo fugaz: «este broche me lo regaló mi padre», pero no alcanzó a brillar en mi mente que se hundió en la brea de un odio inútil que ya no volvería a regugitarlo.

Vendí la casa a una constructora que la convertirá en un hermoso aparcamiento de cemento y alquitrán bien encofrado.

 

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