La Muerte me concede un último deseo antes de llevarme, así que por supuesto que estoy en el cementerio sin sentir la lluvia que me atraviesa a la espera de que lleguen las vísperas. Así que asiento y me trago mi curiosidad por saber cuál es el pasaje adonde van los humanos tan importantes como yo.

Porque, vamos a ser sinceros, yo no puedo ir con los… plebeyos. Por favor, si soy Frederik IV de Austria. Por mis venas corren la sangre más real que ha existido y existirá jamás. He seducido a las diez damas más codiciadas de toda Francia y las he desflorado antes de su boda para que sepan qué se estaban perdiendo. Ocho de ellas acabaron llorando frente al altar y las otras dos me pidieron con mucha cortesía que no acudiera a la ceremonia. Pobres, seguramente habrían acudido a mis brazos si me hubieran visto allí.

He cabalgado sobre los corceles de pura raza más bravos y los he domado como si fueran pequeños ponis recién nacidos. En la más completa soledad, he asaltado el condado de Beuxbert utilizando mi inconmensurable ingenio y mi muy superior inteligencia. Cayó al mismo atardecer de aquel mismo día. Mi padre hizo una ceremonia en honor a mi logro y perdonó mi ofensa por haber yacido con su tercera esposa.

Todo lo he hecho bien. No, mejor que bien. Lo he bordado.

Así cuando Ella (sí, la Muerte es ella, yo también estoy sorprendido. Pero se lo he preguntado como el caballero que soy para no confundir títulos honoríficos, así de considerado soy) me pregunta cuál es mi último deseo, yo lo tengo claro. Quiero ver mi funeral.

Por lo tanto, aquí estoy, sentado sobre mi nombre tallado en piedra para que nunca quede olvidado en los albores de la historia. Quiero ver qué dicen mis múltiples amigos y amantes sobre mi extraordinaria vida. Está lloviendo, pero no me preocupa. Seguro que nadie pierde la oportunidad de despedirse de mí. Seguro que aparecerán todos. Claro que sí.

En cualquier momento.

La Muerte se sienta sobre la tierra mojada y yo comienzo a irritarme al ver que solo se encuentra mi padre y el sacerdote sobre mi tumba, leyendo las escrituras con la voz más monótona que jamás he escuchado. Qué ultraje. Qué agravio hacia mi perfecta persona. Esperaba que se narraran todas las hazañas que he ejecutado durante los veintinueve años de mi vida. Pero ni siquiera han aparecido. Malditos sean todos.

—¿Ya?

—No —gruño todavía esperando ver una sombra en el camino.

—Tengo mucho trabajo.

En cuanto termina el oficio, salto y me pongo a su lado. Lo he pensado y he llegado a la conclusión de que ha debido de pasarles algo grave. Un nuevo brote de peste negra, quizás. O lepra. No hay nada por lo que preocuparse, seguro que me los encuentro en el otro lado.

—Vámonos.

Y, sin decir nada más, abre un portal donde seguro que me espera el paraje de oro que me merezco.

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