Ya era hora de que descansara. Hasta el tiempo acompaña, con esta lluvia constante e implacable. Confesó que me quería, mientras se asfixiaba; aún no comprendo a qué se refería.

Nos casamos jóvenes y fuimos dichosos. Ahora me hallo frente a su tumba, que asemeja una boca abierta, y su ataúd, al fondo, una lengua oscura y henchida en medio del fango que se acumula a su alrededor, mientras llueve. El cielo llora y yo con él. 

«Seré un gran escritor, ya verás», me repetía; los efluvios del alcohol escapaban de su boca y a mí me daban arcadas. Lo amaba y por eso decidí que conociera a Nora: ella le cuidaría como yo no me sentía capaz de hacerlo. 

Le supliqué que lo salvara de sí mismo. Le expliqué que era un buen hombre; que le agradaría y acompañaría en su vida, tan vacía e indecorosa. Nora me observó con calidez y me besó las manos; así de agradecida estaba, por mi bondad y misericordia con ella, que era tan miserable.


—Yo lo atenderé, María —me dijo, emocionada. 

—Sé que serás para él un regalo; él te hará feliz y te librará de esa angustiosa soledad —le respondí; mi corazón rezumaba bondad.

No imaginé que se convirtieran en amantes tan pronto…

Después fue tan casual, tan normal y espontáneo. Ella le embrujó y él me pidió separarnos. Le di mi bendición, que el recibió como quien toma una ostia consagrada y la devora sintiéndose redimido. Yo le perdoné, salió de casa y no volvió.

No para de llover. Se marcharon rápido: un par de vecinos y el sepulturero. No era de muchos amigos, el pobre Alberto. El alcohol le destrozó por dentro y le salieron pústulas que enturbiaron sus relaciones: ¡Ya se lo advertí!

Un día ella lo ahogó con una almohada empapada en agua.

¡Qué oscuro está! Ese maldito enterrador debería mantener encendida la farola, cuanto menos. Oigo voces. No puede ser… vienen del féretro, ¿es posible? ¿Alberto? Escucho gemidos y el sonido de la madera al ser arañada… Huele a tierra mojada y quiero acercarme o alejarme… ¡no sé qué hacer!

—Sé que es duro, querido. —Una voz conocida me sobresalta. Ella aparece por la calle central y viene hacia la tumba. Es Nora, pero… ¿quién está a su lado?

—Gracias por acompañarme —dice él, ¡mi Alberto!—. Al final se volvió loca y se mató, pobrecita.

—Lo sé, cariño.

—No pudo soportar lo nuestro. Me siento tan culpable.

—Intentó matarte, Alberto.

—Pero no lo hizo, Nora...

Esta presión en la espalda: ¿es el peso de mi cuerpo en el féretro?, ¿estoy muerta?, ¿escapan estos quejidos de mi garganta? ¿De dónde surgen estas manos que me agarran e hincan sus uñas en mi carne? Me hundo y aun -entre gritos- me desgarra un gemido ahogado y ronco que no surge de ninguna parte; salvo quizás de un vago recuerdo y una almohada mojada.

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