En las noches de luna llena, cuando de forma homogénea se cubre el paisaje de una niebla fina, blanquecina y empolvada, todo parece silencioso. Los cuervos negros que tan estridentemente gritaban y gruñían durante el día, cerraban su pico y se refugiaban de las diminutas gotas de lluvia que empezaban a regar la poca hierba que cubría el terreno. Siempre llovía cuando me tocaba a mí hacer guardia, aunque eso me hacía predecir que la noche sería muy tranquila...

Cuando mi pequeño reloj de bolsillo marcaba las doce y media, me dirigía hacia la puerta del despacho de vigilancia con el que contaba un cementerio tan importante como el Père-Lachaise, el cual era necesario que contara con un sistema de vigilancia tan profesional que impidiera cualquiera fuga mortuoria. Mi trabajo era sencillo. Permanecer sentado en una incómoda butaca de escritorio hasta que acabara mi turno de vigilancia a las siete de la mañana del día siguiente. Para hacer amena la velada siempre llevaba conmigo tres cosas de suma importancia: un termo lleno de café, mi paquete de diez cigarrillos de por las noches y mi saco de dormir, ya que la noche iba a permitir que me diera una cabezadita. Antes de caer un sueño profundo, me deleitaba leyendo el periódico de los jueves, pues ya tenía comprobado que aquellos días siempre se publicaban los mejores artículos. Aquel día hubo uno que me llamó especialmente la atención: "UNA MUJER DE SETENTA AÑOS HA SIDO RESCATADA DE UN ATROPELLO POR UN JOVEN. ESTE VIO COMO LA MUJER TROPEZÓ CON SU ANDADOR Y CAÍA DESPREVENIDAMENTE HACIA LA CARRETERA". Me sorprendió encontrar este tipo de noticia en un periódico del jueves.

Una vez terminada mi sesión de lectura, decidí  hacer algo antes de irme a dormir. Me abroché la chaqueta, me calcé las botas de agua y cogí mi paraguas. Al salir fuera me llevé una sorpresa, la lluvia era cada vez más fuerte. Parecía que las nubes lloraran de pena al verme rodeado de un paisaje tan lúgubre como aquel cementerio. Me dirigí al armario de herramientas que había detrás de la caseta de vigilancia y cogí un ramo de lirios. Caminé hacia la tumba de mi gran amigo Marcel Proust, al que siempre visitaba desde que empecé a trabajar en París y deposite las flores sobre su lápida. Admiraba, sobretodo su obra En busca del tiempo perdido, una obra muy especial para mí.

El invernal frío con el que se despertó París, había dejado claro que la lluvia no había cesado. Las gotas acumuladas en las ventanas y el cielo de un color gris perlado sin brillo, proporcionaban una triste imagen de la capital francesa. Lo mejor de los viernes por la mañana era terminar mi turno para visitar el café Mariot. Allí desayunaba siempre que podía. En aquel momento, escuché una noticia impactante. Anunciaba que habían asaltado la tumba de mi amigo. Su cuerpo había desaparecido. Fue entonces cuando decidí: "Hoy desayunaré magdalenas con té"


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