Paseaba por el cementerio de un antiguo monasterio convertido en museo, cuando el cielo descargó toda su maquinaria eléctrica: relámpagos, truenos; a la que siguió un aguacero imponente. Solo mi paraguas, cuya enorme cúpula haría sonrojar de envidia a la de San Pedro, podía resistir el furioso embate de agua. Bajo unos magros abedules achaparrados, vi que una pobre chica había buscado recaudo.

─¿Sabe querida, que allí le puede caer un rayo? ─grité esforzando mi delicada voz de soprano (garganta de cristal solían llamarme).

─¡Los árboles los atraen! ─insistí por sobre la garrulería del chubasco.

─No, no lo sabía ─balbució la tontuela sorprendida (¡cómo si nunca antes hubiese visto a una bella mujer, de finos cabellos platinados bajo su amplia capelina, y con un vaporoso vestido estival envolviendo en flores lila su graciosa circunferencia!). Le sonreí hospitalaria, invitándola a compartir mi bóveda protectora. Aceptó.

Y así, juntas, continuamos chapoteando entre las tumbas de monjas muertas hacía más de cuatrocientos años.

─¡Qué vendaval tan fuera de estación! ─comenté frunciendo los labios como alguien que sabe de lo que habla─ No debería llover así en esta época del año

─Será el cambio climático... ─sugirió la muy bobalicona.

─Pssst... ─ refunfuñé despectiva─ ¿Y usted cree en esas paparruchas, querida? ─agregué con sorna.

─¿Usted no?

─¡Por favor, queridita!, esos son puros embustes para alarmar a la gente tonta de modo que compre más y más ¡Un negocio redondo!

─¿Está segura?; ¿cómo lo sabe?

─ Porque mi marido es del meteorológico.

─¡El Instituto Meteorológico Nacional!

─¿Cuál si no? ─ ahuequé alas de puro gozo─ Yo lo he acompañado muchas veces en el recorrido de su trabajo y él me ha mostrado todos los niveles. Me ha llevado hasta el último piso: arriba, bien arriba, a lo más alto.

─¿Al observatorio?

 Le contesté con un gesto displicente.

─Él siempre me dice: “Matildita querida ─continué─, no te preocupes por lo que dicen los diarios; si ni siquiera podemos predecir cuando va a llover en el pueblo de al lado, ¡qué me van a venir con cambio climático! El clima es así: invierno, verano y no cambia nada.

─¡Ah...!

─Ya ve querida. ¡Esto lo sabemos nada más que los que estamos en el ajo!

La lluvia había disminuido hasta convertirse en un repiqueteo constante.

En eso, mi amiga Esther apareció gritando:

─¡Matilde, que se va!

Salí corriendo sin darme cuenta de que dejaba a la pobre muchacha a la intemperie. Por suerte Esther la trajo bajo su paragütas floreado.

Ya en el aparcadero del cementerio, le avisé bien alto al conductor:

─¡A mí me deja en el I.M.N., por favor!

Escuché que la chica le comentaba a Esther:

─¡El marido de la señora es meteorólogo!

─No, querida, no; es el ascensorista del Instituto ─. le aclaró la muy estúpida.

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