Y allí estaba yo, listo para la mejor noche de la historia. O la última. La flota espacial, extraña y sinuosa, sobrevolaba la ciudad como un banco de carpas koi gigantescas a punto de tragarnos. E igual de empapadas, porque no dejaba de diluviar. ¡Su puta madre! Pero ni un poco de lluvia puede matar a un dragón y siempre he sido de sangre caliente. No es porque yo lo diga, pero el look camiseta mojada me queda estupendo: con la iluminación adecuada estoy buenísimo, todo el mundo lo sabe.

Así que entré en el cementerio entre ovaciones; una fiesta no empieza hasta que llego. Con el apocalipsis, teníamos excusa de sobra para la blasfemia y el desenfreno. No había espacio para pensar en Dios cuando unos alienígenas invasores nos acechaban. Llegué y arreglé la música, porque le faltaba un poco de gracia. No era culpa de Carlitos, que es un buen tío, solo que depende un poco de mí para las cosas. Todos lo hacen. Nadira y Flora estaban sentadas sobre una losa viejísima, desdibujada por el tiempo, y se besaban con lentas lenguas de vodka. Ambas están bastante coladas por mí, pero prefiero no estropear nuestra amistad. Ni atarme. Soy un cazador solitario, aunque mis amigos sean mi manada. Soy lo que viene siendo un alfa cojonudo. Y así acabé con el fin del mundo.

Estábamos a tope: la música  rebotaba contra las paredes del mausoleo y  la gente desbarraba. Todos querían ignorar que no sabían qué pasaría cuando acabase la cuenta atrás de los marcianos. Yo, por supuesto, no temía. Revoloteaba de un grupito a otro sin quedarme demasiado. Dejándoles con la miel en los labios. Estaba cogiendo una de las botellas de Ximo, sabiendo que no le importaría si era para mí, cuando las vidrieras se iluminaron como si acabase de amanecer. Hasta el viento se calló y la música contuvo el aliento. Era mi momento. Nadie más podría defendernos. Nadie más que yo. Nadira gritaba improperios por los nervios, porque me quiere tantísimo que lo que salían era gruñir. Pero un líder conoce sus responsabilidades.

Salí del mausoleo y me encontré con los marcianos. Eran rarísimos, los cabrones. Joder. Feos como gatos del revés. Pero muy amables. Me acerqué con la cabeza bien alta y les dije que aquella era mi ciudad y que no podían conquistarla. Y punto. Tenía la voz aguda y la piel de gallina por la intensidad del momento y en sus ojos... o lo que fuera eso... ahí pude ver que me reconocían como líder y me respetaban. Se llevaron como recuerdo un poco de mi pelo y sangre para homenajearme y adorarme y marcharon en paz. Como está mandado. Las noticias, que nunca se enteran de nada, y los gobiernos, que todo esconden, han mentido por precaución. Pero sé que puedo confiar en ti. ¿Me invitas a una caña? No todos los días se conoce al salvador de la galaxia.

Comentarios
  • 1 comentario
  • SekhmetB @SekhmetB fa 4 mesos

    Jajaja muy bueno! Sólo habría faltado que le gorroneara a los aliens xD


Tienes que estar registrado para poder comentar.