Al abrir los ojos, Ryu se marea. Le cuesta ponerse de pie sobreaquel espacio vacío en el que no puede ver absolutamente nada. Lo único que siente es un objeto de metal en la palma de su mano. Camina y solo escucha sus pies sobre el suelo. Crac, crac. Pero no sabé qué hacer. No entiende nada. No ve ni siquiera su propio cuerpo y está empezando a hiperventilar.

La sensación empieza a superarle y, por un momento, piensa en decir la palabra de seguridad para que la psicóloga interrumpa la sesión. Pero su voz suave se escucha a través de las paredes diciéndole que se relaje. Que respire. Que no luche contra la oscuridad para ver la realidad. No sabe qué significa eso, pero lo intenta. Respira profundamente. Uno. Dos. Tres.

Y abre los ojos de nuevo.

Está en una habitación pequeña, opresiva, cubierta de fotos de su vida. Ahí, a la derecha, está su primer recuerdo. Su segundo cumpleaños con una tarta de chocolate (Song escupió en las velas al soplar). El primer día de primaria y el partido de baloncesto en el que se rompió el brazo (Song le llevó sopa de fideos todos los días a la cama). Su viaje a Japón, su primera ruptura, sus notas de la universidad, su cambio de carrera, la decepción de su madre (el apoyo de Song, su sofá, sus risas).

Su muerte.

Es una última foto, pequeña y rota, en la esquina más alejada de la habitación. Ryu quiere darse la vuelta y observar imágenes más felices, pero sabe que está ahí para ese momento. El objeto que tiene en la mano es una llave que encaja perfectamente en el agujero encima de la foto. Lo gira con el corazón latiendo en todas partes.

Entonces escucha el grito:

—¡¿Qué hay en la caja?!

La habitación se envuelve en un brillo resplandeciente cuando el techo desaparece. La cabeza de Song aparece en su lugar y, sin dejarle tiempo para reaccionar, coge a Ryu con una de sus manos titánicas.

Al salir de lo que aparentemente era una caja, Ryu se pone de pie y su hermano muerto le sonríe de entre las nubes lo que, por alguna razón, es todo un poco más perturbador.

—¿Song?

—¡Tachán! —se presenta él con la apariencia de un niño—. Hola Ryucito. Estás muy grande.

—Y tú... —Se interrumpe sin saber cómo decirlo sin que se le corte la voz.

—¡Muerto! —ríe él de nuevo—. Lo puedes decir.

—No quiero —susurra con la garganta hecha un nudo.

—Me morí hace tres años, con veinticinco —resume él danzando entre nube y nube—. Tú conducías el coche y no pasa nada.

—Sí pasa.

—Eres un tonto, Ryu. —Song salta y le abraza por los hombros. Ryu no puede más con la angustia y empieza a llorar sobre su pelo—. Te quiero mucho.

—Y yo.

—Pues perdónate —Song se separa y Ryu trata de volver a coger su mano sin conseguirlo—, yo lo hice hace tiempo.

Cuando Ryu despierta de la hipnosis, empieza a llorar todas las lágrimas que ha estado guardando hasta ese momento.

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