El puf estaba ocupado desde hacía dos horas. Los ojos cerrados, la respiración pausada y la mano izquierda cerrada; Morfeo había conseguido una nueva presa. El tiempo pasaba, calmado, por esa habitación de paredes claras y amplios ventanales con un solo mueble, la mesa de caoba oscura sobre la que estaba la caja. La caja de roble.

El siseo que emitía la madera era casi imperceptible, parecía estar preparándose para algo. De bordes engarzados en fina plata, con una cerradura minúscula y barnizada a la perfección, esa caja tenía el control absoluto de la estancia. Y había decidido despertar al bebé. 

Un sonido nuevo iba aumentando con cada segundo, se trataba de un borboteo cada vez más agresivo que la propia caja, o lo que estuviera dentro, hacía. Así se despertó. Sus cinco años de vida habían predicho aquel momento, aunque nadie lo supiera. 

En cuanto levantó los párpados todos sus recuerdos acudieron en tropel, todas las batallas, discusiones, decisiones que nunca pudo tomar y las que sí tomó; su vida entera volvía a hacerse realidad. Y una vez más, esa realidad no tenía tiempo para esperar. Las burbujas le recordaron a uno de los motores de los coches azules y su grito quebró el ambiente.


- ¿¡Qué hay en la caja?!


Esa pregunta solo aumentó el bullicio que hacía la madera, parecía estar a punto de despegar como un cohete. El terror momentáneo le sirvió para darse cuenta de que había cerrado los puños y un dolor intenso y punzante se le clavaba en la piel. La culpable: una llave. Una pequeña llave de plata con una cinta negra inscrita: "busca el glup, glup".


- El glup, glup...


Entonces lo entendió. Se levantó y dio un par de pasos hacia la mesa, la mano le temblaba ligeramente, se suponía que esa caja era el fin de todo aquello. La llave encajó perfectamente y un claro "clic" la abrió. Respiró profundamente una vez más y alzó la tapa. Dentro solo había un papel con una palabra escrita. Su nombre.


- René...


Pronunciarlo en voz alta le dio la paz que tanto había buscado, le dio fin a su tormento. Se llamaba René, y nadie podría volver a arrebatarselo.

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