Nada más despertar, Penny fue consciente de dos cosas: el brutal dolor de cabeza, como una planta trepadora enraizada en su nuca que extendiera sus zarcillos por su cráneo, y el peso en la palma de su mano. Entreabrió los ojos, conteniendo un gemido, y se incorporó lentamente. «¡Uf!» Estaba en una habitación extraña, sobre una cama del tamaño del salón de su piso, acunada por el frufrú de las cortinas, con una vieja llave en la mano. Pasó un dedo sobre la delicada filigrana del asa hasta que se fijó en la manga de su camisa. Frunció el ceño.

—¿Pero qué diablos…?

Apartó el cobertor, se puso en pie con cuidado y caminó hasta el espejo de cuerpo entero que había en una esquina del dormitorio. Se quedó de piedra. El cabello, que siempre llevaba en un moño desmañado, le caía como una cascada de bucles azabache. Llevaba puesta una delicada blusa y una falda acampanada que se bamboleaba con cada paso. Parecía que hubiese regresado a otro tiempo, cuando jugaban a que era una princesa y él la llamaba Penélope.

Nadie más en el mundo la llamaba así.

«Pero… ¿Quién era él?»

Respiró hondo. El dolor remitió un poco y pudo pensar con claridad. Debía descubrir dónde se encontraba. Abrió la puerta. Estaba tan débil que le costó varios intentos. El pasillo le resultó vagamente familiar, aunque había algo extraño. Juraría que el corredor que recordaba torcía a la izquierda… Bajó las escaleras, esperando oír el familiar lamento de la madera, pero el silencio la envolvía como una mortaja.

Entró en el salón y una dolorosa punzada la hizo trastabillar.

—¿¡Qué hay en la caja!?

—Vuelve aquí.

—¡No!

¡Bang!

La sucesión de imágenes borrosas se fue tan rápido como vino. Penny boqueó, apoyándose en una silla.

—Marcus… —balbuceó.

Ahora recordaba.

Su mirada vagó hasta el espejo que colgaba de la pared. Y allí estaba él, al otro lado del cristal, junto a una muchacha de cabellos dorados vestida de encaje. Ella sonreía, ajena a sus oscuras intenciones. Golpeó el espejo.

—¡No, vete! Te convertirá en su muñeca hasta que se harte, y entonces...

La llave ardió en su mano y el agujero de una cerradura apareció en mitad del espejo. Penny introdujo la llave y la giró con un delicado clic. La barrera que la separaba del otro lado se rompió en mil pedazos. Un grito. Miradas de horror.

—T-tú… estás…

—¿Muerta? —Sonrió sin alegría—. Por supuesto. Tú me mataste. Intenté huir, pero me disparaste por la espalda. Aquí. —Tocó su nuca. Ya no dolía, pero podía notar los bordes del agujero de bala.

Caminó despacio, recreándose, hasta la caja sobre la chimenea.

—Penélope…

La detonación se tragó el resto de su súplica.

Sin fuerzas para sostenerla, la pistola cayó a través de su mano. Miró a la chica que se aovillaba en un rincón. Penny esbozó una sonrisa triste. Su tiempo en ese mundo tocaba a su fin.

—Vive por mí.

Y se desvaneció.


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