Lo vendían como una experiencia de inmersión total. La sala de escape definitiva. Aún no había abierto al público y ya había lista de espera para jugar. Solo los cinco afortunados ganadores de un sorteo en redes sociales la probarían antes de la apertura.

Cuando Adrián despertó, tenía una llave en la mano izquierda y un sobre con instrucciones en la derecha. Eran muy sencillas: tenía sesenta minutos para escapar de la habitación, para ello tenía que encontrar la caja que abría esa llave. Contenía el código para la puerta y algo más, un premio por superar el reto.

El tic-tac del reloj le recordó que no debía entretenerse. Observó el cuarto en el que se encontraba. Había muchos candados, lo que significaba muchas pistas que encontrar. Apartó las grandes cortinas que cubrían toda una pared, prestando atención a cualquier detalle, incluso el frufrú de la tela.

Pisó una tabla que ocultaba un mecanismo al retroceder. El suelo crujió y se abrió. El chico sacó una llave, más pequeña que la que ya tenía, y dos tarjetas, una verde y otra roja, con un número escrito en ellas.

Probó la nueva llave con un candado pequeño que bloqueaba un cajón. Encajó con un suave clic.

—¡Bien! —exclamó alegre por haber resulto el primer reto.

«Bien hecho, escapista», las palabras aparecieron en la pantalla situada sobre la puerta con un ruido muy similar al cri-cri de un grillo.

—¿¡Qué hay en la caja?! —preguntó aún emocionado, intentando conseguir una pista.

«Jajajaja, buen intento, pero eso tienes que decírnoslo tú»

—Tenía que intentarlo —dijo encogiéndose de hombros y siguió buscando.

Encontró otras dos tarjetas, de color azul y naranja, entre las páginas de un libro. Le sirvieron para abrir otro candado de colores, con una combinación de cuatro cifras, una por cada tarjeta.

Siguió resolviendo la habitación, con un poco de ayuda del game master al otro lado de la pantalla. Activó una palanca que encontró dentro de un armario. ¡Buuuum! Sonó como una explosión, pero solo fue la parte de atrás del armario, moviéndose para revelar una puerta oculta.

—Tachán —dijo con una sonrisa de oreja a oreja y entró en el armario.

Un pequeño túnel le llevó a otra habitación más grande, de paredes lisas y una única puerta, con otra pantalla encima. La única vía de escape se cerró con un chirrido sostenido.

—¿Qué pasa? —preguntó echándose hacia atrás para ver bien la pantalla.

«¿Aún tienes la llave que te dimos?»

—Sí, ¿qué hago con ella?

«Abrir la caja, por supuesto»

—¿Qué caja?

«Oh, ¿no la has encontrado? Qué mala suerte. Tendrás que quedarte aquí»

—¡No podéis encerrarme! —Se lanzó contra la puerta, pero se detuvo a medio camino para

Se tapó los oídos, pero tenía el sonido tan metido que siguió oyendo el piiiiiiii de la sirena mucho rato después de que dejase de sonar.

El cronómetro llegó al cero, pero el experimento, ahora que habían conseguido un sujeto de pruebas, acababa de empezar.


Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.