Cuando al despertar se encontró tendida en el sofá, le pareció raro hacerlo con una llave en la mano. Una campana bramaba con un ring alargado y poco familiar de una manera ensordecedora. Aquel no era su despertador. El retintín resonaba escandaloso en su cabeza.

Luego se percató de un gorgojeo sordo, fijó la vista en el ventanal del balcón y vio un cuervo que graznaba. Se levantó del sofá y se dirigió hacia la ventana. Salió volando el pajarraco con el primer chis para asustarlo que le lanzó mientras se dirigía hacia él.

Al mirar fuera en el balcón vio una caja pequeña, como de cartón reforzado, en el suelo. No recordaba haberla visto antes de ese día. Se mostró momentáneamente contrariada por aquella aparición. Abrió el ventanal y las bisagras soltaron un crac extraño que la sobresaltó.

Pensó que todo aquello no le hacía tilín y miró a ambos lados por si seguía por ahí el pajarraco ruidoso. Estaba sola. Se armó de valor y asió la caja. Era cuadrada y ligera, no media ni un palmo y el fondo era de cuatro dedos.

Curiosamente, la llave encajaba en el cierre y al abrirla hizo chas, como cuando se ha cerrado algo al vacío. Aunque había sido un chas muy peculiar, rápidamente lo ignoró cuando observó que salía humo de dentro. Era negro y espeso, pero se difuminó rápido, el humo.

En su interior, un papel doblado ocupaba el mínimo espacio. Dejó nuevamente la caja en el suelo y desdoblo el papel, esperando ver escrito un blablablá sin sentido.

Pudo leer unas pocas palabras escritas a mano, que la dejaron pensativa. Parecía su misma letra.

—Has terminado tu carrera —decía la nota—, prepárate para el largo invierno que llega.

Respiró hondo y pensó que se acercaba el final del otoño, que los cuervos vuelan con noticias, como la vida te trae novedades a diario. Entendía, tal vez, que viviendo en el sofá no avanzaba. Pero estaba muy cansada, los años pesaban y el hastío podía con cualquier sorpresa. O tal vez fuera la memoria que le jugaba una mala pasada. Demasiadas películas de misterio.

Recogió la caja y la tiró a la basura, junto con la nota y volvió a tumbarse en el sofá.

—Vaya tontería —pensó—. Ya seguiré mañana escribiendo.

Y escuchando el tictac del reloj, se durmió otra vez en un tararí.


Al despertar, se encontró tendida en el sofá y le pareció raro.


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