La mujer llevaba un hacha en la mano en el momento en que entró en su guarida. Dritamnisatrix la vio en sus sueños mucho antes de que la intrusa llegara. La dorada dragona se desperezó, somnolienta, golpeando la rocosa pared con su cola y provocando un ligero temblor que hizo que se desprendiera gravilla del techo. Oculta entre las sombras, asomó la cabeza y miró hacia la luz exterior que se colaba en la cueva varios metros por debajo de donde estaba. Comenzó a descender con cuidado, clavando sus garras en el muro sobre el que había dormido y, cuando el espacio fue lo bastante amplio como para permitírselo, dio un grácil salto para caer sobre el firme suelo.

Caminó con tranquilidad hacia la entrada, dando caza de un solo zarpazo a varios ratones que intentaban, aterrorizados, huir de sus garras, y engulléndolos sin masticarlos. “Asqueroso”, pensó el reptil, escupiendo uno de los roedores que se había resistido a ser tragado. El pequeño animal tardó unos segundos en orientarse de nuevo tras quedar libre de las fauces de su depredadora y, cuando quiso reaccionar para intentar una segunda huida, el gigantesco ser lo aplastó sin mirarlo.

Dritamnisatrix se sentó en el saliente que se formaba a la entrada de su hogar y miró, con desprecio, el sol que brillaba en el cielo. Aquel era un día completamente despejado, sin una sola nube que amenazara con lluvia. En esas circunstancias, la dragona calculó que debía de haber dormido durante una semana. Supuso que los estúpidos humanos que vivían al otro lado de la montaña no se habían atrevido a salir bajo la tormenta que ella misma había desatado días atrás y que, como las veces anteriores, al ver que la lluvia había amainado, y las nubes habían desaparecido por completo, enviarían a un nuevo guerrero que habría de darle muerte y acabar con ese tiempo tan catastrófico para ellos.

Bostezó, aburrida. Los huesos de los últimos combatientes que se habían atrevido a pisar su morada estaban esparcidos por el suelo de la cueva. La dragona pensó, orgullosa, que ni uno solo de sus “asesinos” había salido con vida de los encuentros que había tenido con ella. Recordaba cómo al principio habían ido importantes cantidades de hombres y mujeres ataviados con refulgentes armaduras y con el ingenuo pensamiento de regresar a sus hogares como héroes. Poco a poco, el número de ilusos que acudía a dar muerte a la hembra se fue reduciendo, así como los días en los que lo intentaban. Las últimas dos veces habían acudido dos hombres en solitario. Tras ver el terror en sus ojos al contemplar frente a ellos a tan imponente criatura, el reptil se había permitido el lujo de divertirse, persiguiéndolos innecesariamente, y acorralándolos contra las paredes de la cueva para observar con sumo placer cómo los desdichados acababan empapándose en su propio orín al ser la última visión que tenían del mundo los aterradores colmillos de la dragona.

Miró hacia el escarpado camino que debía seguir cualquiera que se aventurara a llegar hasta la cueva. Rememoró en su mente a la mujer que había visto en sus sueños, y casi sintió lástima por el recuerdo que tenía de ella; de baja estatura, delgaducha y sin ningún tipo de armadura que la cubriera. Aquello le extrañó. ¿Tan desesperados estaban aquellos patéticos seres como para enviar a una temblorosa granjera vestida con unos harapos? Además, en su visión la mujer ni siquiera llevaba un arma de guerra, sino lo que parecía un hacha pensada para cortar leña. No obstante, había algo en la herramienta que portaba su futura rival que la intranquilizaba. Trató de concentrarse para descubrir qué era, pero el ruido de su estómago pidiendo un alimento mayor que un puñado de ratones le impedía pensar.

Comenzó a sentirse molesta por los calurosos rayos del sol que abrasaban sus escamas y la hacían debilitarse ligeramente. No era ella una dragona hecha para los climas cálidos, sino una dueña de los cielos cuyo poder se acrecentaba bajo las más poderosas tormentas. Hambrienta, saltó hacia el vacío con la vista fija en la manada de caballos salvajes que había en la pradera. Desplegó sus majestuosas alas a pocos metros de llegar al suelo y se lanzó a la caza de los cuadrúpedos. Capturó uno sin ninguna dificultad y se lanzó a por el segundo tras darle una mortal dentellada. Los comió sin prisa, tumbada en la fresca hierba, disfrutando cada bocado y sintiendo cómo su mente y su cuerpo recobraban su energía tras una semana sin probar bocado. Cuando terminó, extendió nuevamente las alas y alzó el vuelo a gran velocidad, sintiendo el aire en sus escamas y concentrando su magia para invocar la tormenta.

Desde tiempos inmemorables, Dritamnisatrix había demostrado ser merecedora del título de emperatriz de las tormentas que le habían otorgado los humanos en sus leyendas. El poder que anidaba en su interior había hecho que se ganara el respeto de sus compañeros dragones, y muy pocos se atrevían a hacerle frente. Elevada sobre los picos más altos de las montañas de la región, dispuesta a demostrar su poder, la dragona profirió un gran rugido mientras surcaba el cielo, invocando a las nubes. Muy por debajo de ella, los habitantes de la zona sintieron como un aire aparecido de la nada comenzaba a soplar cada vez con más fuerza. El reptil profirió un segundo bramido, sintiendo cómo cada parte de su cuerpo se cargaba de electricidad y las nubes invocadas acudían a su encuentro. Al poco tiempo, el sol quedó cubierto por unos oscuros nubarrones que atemorizaron a las criaturas terrestres. Dritamnisatrix detuvo el vuelo en el centro de la tormenta y, tras un tercer rugido, sintiendo fluir la magia en lo más profundo de su ser, lanzó un potente rayo que impactó con fuerza en una montaña, provocando un desprendimiento. A esta descarga le siguieron varias más, procedentes de las nubes, y comenzó a llover con fuerza. Satisfecha de su trabajo, la hembra voló hacia su guarida y se dispuso a esperar a la granjera.

La visitante no llegó mucho más tarde que ella. Tal como había visto en su visión, la mujer portaba un hacha insignificante, que apenas podría hacerle un rasguño si lograba acertarle. Pero, por alguna razón, el arma la intranquilizaba. La dragona no tardó en dejarse ver. Observó a la recién llegada, que temblaba hasta tal punto que pensó que el hacha se le caería de la mano. Como en su sueño, no llevaba ningún tipo de protección, ni siquiera un escudo.

“¿Cómo piensas derrotarme con un hacha de leñador?”, proyectó la pregunta en la mente de la humana que, al escuchar su voz en su cabeza, se estremeció. “No has sido preparada para la guerra. Te han enviado a morir”.

La mujer mostró el hacha desafiante y hubo algo en la hoja que hizo que Dritamnisatrix titubeara. Inquieta, se preparó para lanzar un fulminante rayo a la intrusa y poner fin cuanto antes a aquella estupidez, pero esta, adivinando sus intenciones, golpeó su arma contra el suelo.

Una luz cegadora procedente del acero sorprendió a la dragona, que se vio obligada a retroceder con los ojos entrecerrados. Furiosa, bramó y agitó alas y cola, provocando que el suelo y las paredes temblaran. Trató de buscar un refugio para aquel brillo que tanto la hería, pero la mujer sostenía el hacha en alto y le impedía pensar con claridad. ¿Quién era esta hechicera, cuya magia conseguía debilitarla de esa manera? Entonces reflexionó que ninguna magia de ningún mortal era capaz de someterla de aquella forma. Solo había una magia capaz de ello: la magia procedente de las deidades.

“¡Un hacha bendecida por los dioses!”, pensó el reptil, enfureciéndose consigo misma por haber subestimado a su rival.

No se trataba de otra valiente guerrera, sino de un adalid, una enviada de las divinidades para poner fin a su reinado. La hembra rugió, sintiendo miedo por primera vez en mucho tiempo, conocedora de la suerte que le esperaba. Trató de dar un zarpazo a ciegas a su rival, pero al acercar la garra a la luz sintió cómo un fuego invisible traspasaba sus escamas y la abrasaba por dentro. Se movió bruscamente sin cesar en sus bramidos, cada vez más cegada por la luz, agitando con fiereza sus alas con la intención de atemorizar a la mujer para que huyera.

“Ahora, ¡lánzala!”, sonó una voz en su mente, que de inmediato relacionó a un dios que guiaba a su contrincante.

Dritamnisatrix, aterrada, quiso reaccionar, pero antes de poder realizar ningún movimiento, un insoportable calor penetró en su pecho. El arma, guiada por el dedo de los dioses, perforó su corazón y sumió al reptil en una oscuridad creciente. Lo último que vio, antes de exhalar su último aliento, fue a su verdugo caer de rodillas frente a ella, dejando que el miedo y el alivio salieran de su interior en forma de lágrimas.

Fuera, el sol comenzó a brillar.

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