La mujer llevaba un hacha en la mano, el pelo recogido en un moño alborotado y un vestido raído y desgastado de color azul. Tras tres golpes secos al árbol se sentó en un tocón, estaba agotada después de días de trabajo rudo y sin un respiro de los tres soles que había decorando el cielo rojizo.

— No te esfuerces tanto princesa, seguro que tu príncipe está al caer.

La joven refunfuñó algo inaudible para el oído del dragón quien volvió a retorcerse en carcajadas al haber logrado molestar a su compañera. Era un espécimen de gran longitud, esbelto y alargado, sin alas, pero con grandes garras y escamas pequeñas por todo su cuerpo de un color rojizo como el cielo.

Mientras la joven seguía ofuscada en su labor, el dragón se separó y se dirigió a su cueva, con gran agilidad sorteó las grandes rocas y las empinadas laderas de la montaña y se introdujo en ella.

Era una cueva rocosa con suelo llano y rodeado de estalactitas verdosas y llenas de vegetación luminiscente. En ellas, pequeñas criaturas voladoras habían encontrado un hogar, y el valiente dragón aterrorizado de la oscuridad les había aceptado como mascotas temporales desde hacía unos dos siglos.

Tras un largo pasillo estrecho, se encontraba su sala preferida, estaba llenas de piedras preciosas colocadas con sumo cuidado a lo largo de cientos y cientos de años. Sus piedras favoritas eran las esmeraldas, por su color brillante y verdoso, les recordaban a las llanuras de su infancia y a una vida ya pasada. Pasó de largo entre las gigantes pirámides y llegó a la última estancia, donde la joven había creado su propio hogar improvisado.

Se podían observar un sofá y una silla de un siglo ya pasado junto a una nueva mesa de madera recién pulida y una cama a medio hacer. En el suelo, al lado del gran sofá había un nido gigante hecho de vegetación y ramas a gusto de las escamas del dragón. Habían aprendido a convivir, al final él era el último dragón y ella, una damisela en apuros. Una tormenta había unido sus caminos, y la princesa, decidida en no regresar jamás a un reino cuyo rey quería forzarla a casarse con un asesino de bestias, había decidido permanecer en aquella fría cueva. ¡Ella, bióloga, amante de todo ser, pequeño o grande, casada con un aniquilador de dragones! El mero hecho de recordar su hogar la convertía en un mar de lágrimas, echaba de menos sus amistades, su pueblo, su biblioteca. Sus libros.

El dragón se tumbó en su nido, y esperó adormilado el grito de ayuda de la joven, que, aunque una vez consiguió escalar la empinada montaña, se había acostumbrado a cabalgar sobre él. Y, a pesar de las quejas de éste, los dos sabían que disfrutaban de la compañía del otro y para el dragón no era molestia bajar y dejarla subir sobre su espalda.

Tres horas pasaron, y el silencio reinaba sobre la cueva. El dragón abrió los ojos, temeroso de que de verdad hubiera llegado el príncipe a por su amiga, pero se encontró, en su regazo a una dormida joven. Su tez negra y su pelo rizado hacía contraste con sus escamas y la vegetación del nido. Era, sin lugar a dudas, la criatura más hermosa que habían visto sus ojos amarillos. Estrechó su cola para acercarla a él y así darle calor, en una estancia fría y húmeda.

Se quedaron dormidos, uno al lado del otro, embriagándose del olor de cada uno, con las pequeñas y brillantes criaturas que pululaban a su alrededor. Fue el hambre quien despertó a la joven, quien se alejó del dragón en búsqueda de algo de comer, despertándole y la siguió con la mirada.

Fue entonces, cuando una sombra le llamó la atención, un vació en la cúspide de una de las pirámides, no era posible pensó.

— Vera — la llamó, pero no hubo respuesta.

Está aquí, la tiene.

Y sigilosamente se coló en la estancia de las piedras brillantes, y escondido en la oscuridad fue rectando entre montañas sin descolocar ni una sola. Así fue como le vio, un hombre joven, con una cicatriz en forma de garra en su rostro, una armadura negra como el carbón y una silueta de dragón pintada con sangre en su pecho. Tenía agarrada a la princesa, quien buscaba en las sombras a su amigo, intentando alejarle de un destino fatal.

— No me iré de aquí sin la cabeza de tu secuestrador, no te preocupes amor, pronto estarás a salvo. — contestó con aires de grandeza el joven guerrero, sujetando fuertemente a su querida prometida.

— No está, se ha ido, déjale en paz ¬— y tras decir esto la princesa le asentó un pisotón logrando así huir de su captor. Salió corriendo y se escondió tras una de las columnas de piedras preciosas.

El dragón permanecía escondido, observando las flaquezas de su adversario, un caballero que se había labrado un nombre asesinando a dragones por toda la región, atemorizando así al reino de Vera, quienes, buscando la paz, habían ofrecido a su posesión más preciada, su princesa. Olvidando que ella ni era posesión ni lo más preciado para el reino.

— Te has equivocado de cueva, Jorge — habló el dragón ayudado por el eco que retumbaba en la cueva, evitando así ser descubierto — Habrás matado a muchos de mis congéneres, pero ninguno como yo.

Seguía deslizándose por el suelo rocoso, sin perder de vista al guerrero con su espada ya desenvainada, buscando a Vera, la princesa.

— Sois todos iguales, unas bestias sin compasión que solo merecen una espada al corazón. — contestó con un palpitante desdén Jorge.

Haciendo caso omiso a las palabras de éste, el dragón encontró a la joven, la agarró con su cola y la colocó en una estancia superior, en un recoveco del techo donde podía salir a la superficie y huir, pero ella permaneció al lado de su amigo, pues si tenía que ser derrotado, no moriría solo.

Abrumando por la entereza de la joven, el dragón se abalanzó sobre el guerrero quien valientemente huyó de la bocanada de fuego tras unas rocas.

— Voy a disfrutar viendo como corre tu sangre por el suelo, bestia. — chilló el príncipe Jorge con su espada alzada, produciéndole un profundo corte en la pata delantera del dragón.

— Deberíamos preguntar a mis congéneres quien es y quien no una bestia. — dijo mientras intentaba zigzaguear a un lugar donde tener una ventaja táctica contra su habilidoso adversario.

Sin embargo, el joven príncipe no estaba por la labor de verle huir, y con un corte en la pata trasera y otro en el abdomen provocó que el dragón lanzara desesperadamente una última bocanada de fuego. Corriendo, se  protegió con un escudo a base de escamas ignífugas y le asestó un último golpe.

Exhausto, y vencido el dragón esperó su derrota con la cabeza alta y sus ojos bien abiertos fijando su mirada en su asesino quien se disponía dar su última estocada.

Sin embargo, un hacha salió volando directa a la cabeza del guerrero, quien se desplomó sin vida al suelo, a tres metros del dragón quien miraba directamente a su salvador.

La princesa se acercó corriendo al dragón, intentando curar las heridas más profundas, aún tenía a su alrededor pequeñas luces iridiscentes, las cuáles, habían acudido a Vera para bajarla de su escondite y así salvar al dragón.

Los dos se miraron a los ojos, aliviados de que el terror había finalizado, y Vera había salido sana y salva de su verdadero secuestrador, y que la bestia al fin había muerto. El dragón se levantó y con la adrenalina de la victoria pidió a la princesa que se subiera a su espalda, era hora de que regresara a su hogar y recuperará su reino de las fauces de un tirano ya vencido.

El reino del terror había terminado.


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