La mujer llevaba un hacha en la mano. No era la damisela inocente que me habían prometido. Así que lancé una llamarada hacia ella. Respondió con una finta y aprovechó para arrojar su hacha hacia mi rostro. Afortunadamente, tuve tiempo de girar la cabeza para que impactase contra las escamas del cuello. El golpe fue doloroso pero asumible. 

Después de aquello, salió corriendo. Imaginé que se trataba de una estratagema para atraerme a una emboscada. Salí volando de la cueva y me posé en una peña cercana para reflexionar. ¿Cuál sería mi siguiente movimiento? ¿Huir a otra zona, dejando atrás las riquezas que había recaudado con mis esfuerzos? ¿Buscar a la mujer desde las alturas? ¿Vengarme de la aldea? Es molesto que los humanos vivan tan rápido; hacen necesario tomar decisiones urgentes y poco meditadas. Elegí seguir a la guerrera.

Mi vista ya no es lo que era, pero aun así pude localizar mi objetivo desde unas cien varas de altura. Tal como suponía, echó a correr hacia una zona llena de arqueros. Habían emplazado, además, un par de balistas y un trabuco. Ascendí hasta ponerme fuera del alcance de ambas armas. Eran malas noticias. Si las acercasen más hasta mi cueva, podrían suponer un serio peligro.

Era hora de buscar un nuevo nido. Pero, antes de irme, les dejaría un regalito. Volé hasta el glaciar de Fuenluciente y entre la morrena busqué un berrueco suficientemente grande para que mi poderío acongojara a los humanos, pero no tanto como para no poder volar con él. Después, volví al campamento de los arqueros, ascendiendo hasta ponerme fuera de su alcance, y dejé caer sobre ellos la roca.

Era un tiro a la desesperada: los dragones trogloditas no tenemos demasiada puntería, habituados como estamos a los espacios cerrados. Pero, aun así, produjo la confusión suficiente para permitirme un descenso en picado a fin de barrer con mi aliento las máquinas de guerra.

Mientras la gente corría por todas partes, volví a mi cubil. ¿Qué había allí que pudiera transportar fácilmente? Un cuerno de los extintos unicornios... valioso, pero demasiado escurridizo. El cetro de un antiguo rey de Olmeda. Pura bisutería. Un rebaño de cabras. No podrían seguir mi ritmo. Dos rubíes de buen tamaño. Pero demasiado pequeños para transportarlos sin un buen recipiente —¿por qué todos los cofres se pudren tan rápido?—. Finalmente, me fijé en el hacha que yacía en una esquina de la cueva. No la recordaba. ¿Sería, acaso, la que acababa de lanzar la guerrera? ¿Cómo era que no se había fijado en su empuñadura de ébano con adornos de plata finamente labrada, o en las runas grabadas en su hoja doble? Era Labrys, la auténtica Labrys. ¿Quizá la muchacha lo sabía, pero erró al usarla? No bastaba lanzar aquella arma. Había que hacerlo tras pronunciar lo escrito en las runas, una magia de países del sur que incluía varios de esos clics que los habitantes del norte no sabían articular. /!ʘtse !ʘta/: pavor y confusión. Esa era la fórmula.

Me corroía la inquietud. ¿Sería yo capaz de blandir aquella arma? ¿Me convertiría ella, de nuevo, en señor de aquellos territorios? Era un poco pequeña para mis garras. Sin embargo, podría causar un gran terror a los humanos si me presentaba ante ellos armado con la misma hacha mágica que ellos me habían arrojado. Lástima no poder, como los antiguos dragones, asumir una forma humana, aunque fuera temporalmente.

Caí en la tentación. Pronuncié las palabras de la hoja mágica. Chasqueé la lengua contra las encías para pronunciar el primer "!", y luego hice el vacío entre la lengua y el paladar para que sonase el "ʘ". El resto de la palabra fue más fácil. Cuando sonó el segundo chasquido, la hoja del hacha comenzó a brillar. Me sentía poderoso. Me entraron ganas de arrojarme sobre los humanos. Enfilé a toda velocidad contra la boca de mi cueva... solo para ver que al otro lado había un paisaje completamente desconocido.

La montaña rocosa había dado paso a una llanura de espesos bosques, un mar de árboles; aquí y allá, algunas volutas de humo se elevaban dejando intuir la presencia de pequeños asentamientos. No se veía rastro de la guerrera ni de sus tropas, ni ninguna montaña en cuyas cuevas pudiera anidar.

De hecho, tampoco veía mi propia cueva.

Y entonces comprendí la estrategia de aquella muchacha astuta. Labrys había sido forjada por un conocido constructor de laberintos. Pavor y confusión. No para los enemigos de quien blandiera el hacha doble, sino para aquel necio que se atreviera a pronunciar la fórmula. Pues su filo se ideó para para sajar las carnes de los enemigos, sino para abrir puertas de un mundo a otro, galerías que se enroscan y bifurcan como la lengua con que te cuento esta historia.


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